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ESPERANZA

26/04/2009

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Cuatro millones de parados son cuatro millones de razones para entrar en un despacho y hacer todo lo que sea posible para que sean algunos menos. Habrá quien pueda hacer que sean dos o tres menos y habrá quien pueda hacer que sean cientos o miles, incluso algún millón, aunque si fueran tres millones de parados también serían demasiadas razones para no dejarse el alma en que lleguen a ser los menos posibles. Porque la crisis no sucede igual para todos. Un importantísimo porcentaje de la sociedad (funcionarios y contratados con sueldo estable) vivimos incluso mejor, pues aumenta nuestro poder adquisitivo al bajar los precios (digo aquí ya subida cero de salarios y dedicar ese dinero a inversiones que generen empleo). Y otro pierde valor patrimonial al bajar los precios de los inmuebles y las acciones, pero siguen en la expectativa de futuras subidas. Sin embargo, el drama más angustioso, los efectos más amargos se encuentran en todos aquellos que pierden su empleo. Lo cruel de esta crisis es el paro. Gentes que nada tuvieron que ver con la burbuja inmobiliaria, ni con la ingeniería financiera, ni con la especulación bursátil, pero que ahora, cuando los que generaron este malhadado momento se refugian en sus palacios de invierno, son los que sufren en sus carnes el mal funcionamiento de la economía. Ayer, en la expansión y la euforia, los más sólo obtuvieron un aceptable salario que en algunos, incluso, fue pernicioso, pues les abrió la puerta a un endeudamiento hipotecario inaceptable. Y en los demás sirvió para sentir increíble el momento de aceptar que la vida va bien para todos, que la vida a veces, es hermosa. Pero ahora el cieno de una injusta economía social se ceba con ellos. Albañiles, inmigrantes, dependientes, camareros, peones, gentes que no saben de economía, pero que sienten en sus cuerpos las garras de ese monstruo insensible y cruel. Por eso creo que la más importante labor de gobierno que ahora existe es atender, en primer lugar a su hambre, y en segundo a sus esperanzas. Porque aceptarán el pan que se les ofrezca, pero mejor aceptarían un empleo aunque fuese de los más bajos que existan, un empleo que al final los dignifique. Sé que Zapatero y Barreda son sensibles a esta realidad. Ahora sólo espero medidas concretas, algo a lo que cuatro millones de tristezas puedan agarrarse y sentir el consuelo de una esperanza que no se queda en palabras sin hechos.

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