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MILAGRO

01/03/2009

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Era un hermoso día invernal. El sol salió de repente a pesar de que la mañana había amanecido llena de espesas nubes que anticipaban una jornada de bruma. Pero por sorpresa, como digo, todo se vio invadido por la luz del horizonte, y las piedras comenzaron a llenarse de pulsos brillantes que anunciaban la invasión de la vida. Aquel día el invierno se quitó su sotana de sombras. Sucedió que la niebla desapareció en un instante, y que la nostalgia que anunciaba se difuminó con todos los vahos de la tierra para dejar un día lleno de belleza, un día con la presunción de que la tristeza que contenía la penumbra se convertiría en la alegría que demuestra la luz. Era un hermoso día de invierno que, inesperadamente luminoso, comenzó a incitar más a la expansión que al recogimiento, y con rapidez se llenaron las plazas de niños inquietos y la gente comenzó sentarse en los veladores y a elevar un poco sus rostros para que los rayos de aquel sol inesperado calentaran sus párpados y crearan en esa oscuridad profunda de la mente algo así como un resplandor que sucede dentro de los ojos y va surgiendo mientras la piel se calienta. Era un hermoso día invernal que sin embargo amaneció lleno de girones de niebla, y que cuando fue vencido por un sol inesperado, creó como otra vida distinta y cuando la gente salía de las misas dominicales se acumulaba en las plazas para charlar un rato, para sentir el brillo que creaba el sol en las camisas blancas y el resplandor del mármol de los bancos en los ojos de las mujeres mientras las hojas mojadas despedían pespuntes de luz al viento como forma de dar gracias al cielo por mandarle su alimento luminoso. Era un día de invierno que amaneció con el cielo tan cerrado como la cúpula de un bunker, y en un instante, en un segundo, o quizá en algo que existe sin preguntar al tiempo, ese día se vio abierto por el sol y una maravillosa sangre de luz comenzó a correr por las venas de las calles. Era un día de invierno con las huellas grises de la noche, y de repente alguien encendió la tierra y se puso a brillar, se puso e mostrar el rostro impresionante de un milagro cotidiano. Ojalá hoy, domingo turbio de invierno, vuelva a suceder el milagro.

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