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BANQUEROS

08/02/2009

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Aunque no creo que la banca haya sido la única culpable de esta amarga crisis, hay algo de impúdico, algo que chirría hasta los tuétanos, en el comportamiento que están teniendo los felices banqueros. Hablan como si toda esta historia no fuera con ellos. Ni siquiera han manifestado algún tipo de excusa por haber metido a la gente en este pozo sin fondo, en el que, claro, viven otros, pero ellos observan desde arriba como antes observaban los aristócratas a los campesinos en una hambruna o los ricachones decimonónicos a los mineros salir de una mina cerraba que llevaba al hambre a demasiadas familias. Es algo así como una mirada fría, lejana, soberbia, a veces incluso despectiva. Así como la persistente visión de cadáveres puede anular los sentimientos de un forense ante la muerte, quizá ese permanente idilio con el vil metal ha dejado insensibles a los banqueros ante la pobreza. Ni una palabra de consuelo, ni una sola frase que indique cierta molestia por las amarguras que su avaricia está generado, ni un mínimo gesto moral que indique el deseo de acudir al rescate de los ahogados, de comenzar a pensar en cómo se vuelven a levantar tantos edificios en ruinas. El manoseo del dinero ha vuelto a esta gente tan materialista que ya no saben si son trozos de carne con ojos o maniquís de plastilina con las entrañas de hielo. Tienen el corazón lleno de arena. Se levantan pensando en el dinero y se acuestan con la misma canción. Dinero, dinero, dinero. Esa letanía les ronda la mollera, les recorre el cuerpo por las venas y ya llega un momento que no saben sentir otra cosa que la belleza de un balance. El otro día, viendo a Botín, por su gesto, por su ausencia, por su lejanía, por su semblante desentendido, me di cuenta de que ese tipo estaba tan lejos de la sociedad real como la Estación Espacial está de la tierra. Y no se trata de que regalen créditos a cualquiera, se trata de que la banca ha de correr al menos el riesgo de creer en los empresarios de toda la vida, en los que no especularon, en aquellos que mantuvieron ayer unos ratios presentables en sus memorias. Se trata de que, en esta crisis, reconozcan la garantía moral del que siempre pagó, del que pasa un mal rato y necesita, sobre todo, su ayuda. ¿Ayuda? Qué eso, dicen, esa palabra no existe en su mundo.

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