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FUEGO

01/02/2009

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El fuego purifica, de ahí pira (de puro) y significa la muerte de la oscuridad. En la fiesta de la Candelaria el fuego se llevaba en procesión y se pedía a la divinidad que mantuviera su luz durante todo el año para alumbrar a la materia y al espíritu. Es una fiesta que nació en Tenerife y que luego se extendió por toda España. Yo la recuerdo de mi pueblo y ahora me viene a la mente la luz de las grandes hogueras en la noche y el chisporroteo de la madera encendida en el viento mientras los más osados saltaban las hogueras gigantescas con riesgo de quemarse los pelos de las piernas. Daba igual el concepto religioso –la purificación de María- que apenas siquiera intuíamos. Lo maravilloso era esa extraña relación que atrapaban nuestros ojos entre el fuego y la noche. En los barrios se preparaba un gran montón de leña por el día (chaparros, olivos, encinas…) y al llegar la primera oscuridad, se comenzaba a luchar por crear la hoguera más grande. Un día, cerca de los cerros de mi pueblo, vi una columna de fuego que casi llegaba a los cielos, una bocanada de llamas que se introducía como un neón furioso por aquella oscuridad del pueblo mal iluminado. La columna de fuego era tan bella que no podíamos dejar de mirarla. Si ya de por sí el fuego tiene un inusitado poder de atracción, aquel se movía con una danza telúrica e iba devorando trozos de oscuridad, mostrándonos figuras rítmicas, inimaginables, formas que danzaban bajo la fría silueta de la montaña. Al lado del fuego nos mirábamos y los ojos nos brillaban como si tuvieran dentro un cristal encendido. Sólo por estar a su lado sentíamos una profunda e indescriptible sensación de gozo. El fuego venía a decirnos lo más importante: que él era la vida, que era la existencia naciendo en el espacio oscuro de la nada. En el principio, antes que nada, hubo de ser la luz, la luz de un fuego primigenio que estalló sobre las sombras. Es una seducción casi biológica. Por eso a veces puede uno estar mucho tiempo mirando una hoguera, y no se cansa, y siente que en el ruido y el movimiento de las llamas se encuentra la verdad profunda, un sol que se desnuda ante los ojos y muestra que puede ser domesticado. Aquella fiesta del fuego creo que se ha perdido ya. Por eso está la noche triste, buscando ese viejo fuego que la viste de vida.

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