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PRENAVIDAD

21/12/2008

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Habrá que ponerse de acuerdo para establecer cuándo comienza realmente la prenavidad, que es algo así como la Navidad oficial pero sin vacaciones ni campanadas. Seguro que si le preguntásemos a Isidoro Álvarez, el dueño de El Corte Inglés, nos diría que en septiembre, cuando el verano se comienza a difuminar en las primeras noches frías del otoño y la luz comienza a esconderse antes debajo del horizonte. Las campañas comerciales habrán salido de su aturdimiento veraniego, y ése será un buen momento para arrancar motores y para hacer gimnasia estomacal y saludos afectuosos, para acostumbrar el cuerpo al ronroneo de los inmensos festejos futuros que esperan acicalándose en los sótanos del año. También es seguro que si le preguntásemos a los tenderos de las calles peatonales adelantarían la fecha. Con tantas luces los escaparates parecen más nuevos, más frondosos, más atrayentes. Dirían que comience cuando la Semana Santa haya perdido sus lágrimas cristianas y beba la última imagen de la resurrección. Ése sí que es buen momento para la Prenavidad. Sería una manera excelente de conseguir que el dulzor de los pestiños se alargara hasta diciembre y de que en el verano las noches fueran más luminosas, más vividas, más festeras. A veces, bajo el fuego nocturno de agosto, viaja una extraña soledad por las calles peatonales, como una especie de fantasma que espera que llegue el viejo curso de la vida. Y si le preguntásemos a los productores de dulces navideños, seguro que nos dirían que en el mismísimo enero, en el instante en el que los tres reyes se suban a los camellos y se vayan hacia las tierras lejanas en donde viven los habitantes de las leyendas. Y vaya que no estaría mal que la Prenavidad comenzase en enero. De positivo tiene que los sindicalistas podrían pedir más pagas extraordinarias y que además estaríamos todo el año con el hacha de guerra enterrada, dándonos espaldarazos de amor, deseos de felicidad infinita, abrazos de ánimo, cariños genéricos y llenos de gestos generosos hacia los que apenas tienen otra cosa en la vida que su pobreza. Así es, la Prenavidad en cuanto acabe la Navidad. Luces, generosidad, dulces, abrazos, sonrisas y villancicos todo el año. Aunque quizá en el asunto de los villancicos habría que sopesarlo. Porque estar todo el año escuchando el ropopopón del tamborilero o como beben los peces en el río es para que uno acabe cazando moscas en marzo o de budista en noviembre, que al budismo todavía no ha llegado el amigo Raphael con su poropompero tamborilero.

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