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MALDAD

11/05/2008

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Y un buen día uno descubre que la maldad existe. Fue en el tiempo de la adolescencia, o de la primera juventud, incluso cuando los dientes de leche todavía parecían pequeñas pastillas blancas adornando los labios. Hasta entonces la maldad era una leyenda. Un personaje de ciencia ficción, un espectro agónico que iba por los libros y por las películas desarrollando catástrofes, aguijoneando la sonrisa de aquellos pobres que se acercaban a su vera. Y desde siempre, hasta que llega el día fatídico, uno pensaba que el mundo era tan lógico como un cuento de los Hermanos Grimm o una película del oeste en la que la justicia termina imponiéndose ante la jauría inmunda. Los malos eran como fantasmas que vivían en los libros, monstruos que habitaban las películas o espectros que transitaban por aquellas novelas radiofónicas que despertaban la imaginación sólo con palabras y una amplia simbología de ruidos. Los malos vivían en las leyendas. Pero un buen día, y ya no recuerda uno cuándo, se descubre que los malos son de carne y hueso; que viven al lado, que se toman el café por la mañana con los buenos. Mientras éstos sólo piensan en cómo se disuelven los grumos de la magdalena, los malos los miran torvamente, pensando en cuando clavarán su daga de maldad en las espaldas desprevenidas. Un buen día uno descubre la maldad, y a la vez descubre múltiples versiones del dolor, y sobre todo, que ese dolor que se siente es el que alimenta la maldad que se acerca (hace poco leí que un 10% tiene tendencia sicopáticas). Y ya sabe que para siempre tendrá que guardarse de los malos. Que no están sólo en esa pantalla que muestra a un nazi matando judíos o en esa tele que deja ver a un dictador africano apilando cuerpos. Ésa es la gran maldad. Pero luego sabe que está la otra, la cotidiana, la que le espera detrás de cada esquina, la del desagradecido, el soberbio, el conspirador, la del que siente que tu existencia es molesta. Un buen día uno descubre que la maldad está siempre esperando sorprenderle, inyectarle su veneno, cuando más confiado está, acaso mirando la belleza de un atardecer que Dios nos deja de manera gratuita.

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