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LA QUINTA

13/04/2008

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Íbamos viajando en un automóvil con la radio encendida, y de repente, sonó el primer movimiento de la quinta de Beethoven. Los cuatro golpes iniciales, que representan la llamada del destino, o de la Gran Dama funesta, se asomaron por los altavoces como cuatro estallidos que nos despertaron de esa inercia mental que nos producía el ruido monocorde del motor al paso de los kilómetros. Todos seguimos en silencio, aunque mucho más expectantes que lo habíamos estado segundos antes. La pávida melosidad de alguna música actual nos había llevado a un lento duermevela, del que sólo se salvaba el conductor. Y así seguíamos, kilómetro tras kilómetro, saboreando un silencio que se alimentaba con la contemplación de las colinas llenas de olivos y viñas que pueblan el trayecto de Madrid a Ciudad Real. El caso es que luego comentamos todos que el silencio era plácido, que la contemplación de la torturada rugosidad de los olivos nos daba la sensación de una agradable solidez en el tiempo y el paisaje. Pero que al sonar los cuatro golpes de la quinta, nuestra mente entró de repente como en otra velocidad que requería otro baile distinto de neuronas. Dos minutos de lúcida admiración fueron los que pasaron hasta que alguien dijo, joder, es increíble que pueda existir una música tan intensa y tan bella. Y se calló. Luego pasaron más minutos hasta que otro, entregado al impresionante ritmo de las notas y a la persistente detonación de la llamada inicial, dijera que aquello era tan grande que no podía imaginarlo sin algún tipo de intervención divina. Un tercero lo miró a los ojos y le dijo que callara, que aquel era momento para sentir sensaciones que ni la profunda lucidez de la poesía podría explicar. El conductor, viendo que la cháchara desordenaba la limpieza de la música, giró el botón y puso los altavoces a un volumen considerable. Y nos callamos todos hasta que finalizó ese primer movimiento. Lo sentimos de tal manera que en algunos instantes nuestra mente se quedó sin pensamientos, sólo quieta en un placer estético imposible de plasmar.

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