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Cambio de papeles

05/02/2003

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Tirando de un argumento de Paul Thomas Anderson, excelente director de cine independiente estadounidense, que califica a los políticos yanquis como actores, yo creo que aquí, lo que pasa, no es sólo que los políticos quieran ser actores, sino que los actores también quieren ser políticos. Eso ocurre también en USA, aunque no tanto. En consecuencia, ambos gremios disfrutan del estado que desean, pero, lógicamente, sin pasar por los filtros que impone el oficio final. Indudablemente, Aznar, aunque no lo parecía al principio, es un gran actor que no ha interpretado más obra de teatro o película que su propia vida de partido. Javier Bardem tiene un mono político intratable que suelta en cuanto puede sin haberse presentado a ninguna elección, sea a la de concejal de su pueblo o diputado paracaidista.

En este cambio de papeles el que mejor puso las cosas en su sitio fue mi admirado Clint Eastwood. Se presentó a alcalde de su pueblo y ganó por goleada. Claro que el asunto fue por una recalificación urbanística gravosa, y llegó a la alcaldía para repararse de los males urbanísticos que le produjo el anterior alcalde. Reagan fue otro que, siendo actor, explotó su avenencias políticas de tal manera, que llegó nada menos a presidente del país. Algo así pudiera ocurrirles a Marisa Paredes o a Javier Bardem, pues no desaprovechan ocasión para convertir el atril de los premios en púlpito de mitin o los mensajes estéticos en diatribas políticas de candidato emergente.

No digo yo que me siente mal que nuestros actores le den puntapiés a Aznar en sus actos oficiales. Estoy de acuerdo en que lo del chapapote fue un modelo de negligencia, y en que nuestro presidente juega el papel de hermano pequeño de Bush hasta en el saludo militar, pero no creo que la entrega de los premios Goya sea el lugar idóneo para montar una algarada. Ni aun que los actores hayan de ser los abanderados de la oposición. Los encuentro algo falsos cuando critican al poder. Mantienen el tipo hasta que las subvenciones se ponen calientes, y muchos suelen ir de rojos en restaurantes de cinco tenedores. Por eso son actores. Por eso son también políticos.

En este país, los políticos actúan en una película nacional, y se pelean por los papeles de protagonistas. Y los actores quieren representar el papel de políticos en la comedia o tragedia del Estado. Los primeros ganan cargos públicos, y los segundos premios o subvenciones. Pero todos se dan la mano en la misma obra de teatro. Esa en la que somos nosotros los abrumados, escépticos espectadores.

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