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LA NIEVE

27/01/2007

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Si uno obvia los inconvenientes y la punzada horadante del frío, puede decir que el viernes se observó una belleza insuperable. Los partes meteorológicos hablaban de pequeñas brazadas de aguanieve en el viento; decían que la noche sería escabrosa y que los termómetros visitarían el subsuelo del mercurio. Pero al amanecer, con el sol perdido entre unas nubes blanquísimas, miré por la ventana de mi habitación y no supe si estaba todavía entre los plácidos laberintos del sueño o al despertar me había trasladado hasta las llanuras blancas de las tierras escandinavas. Las ramas secas del jardín se habían vuelto finas tizas largas en el viento. El rugoso asfalto de la carretera se tornó en una alfombra tan blanca como la leche. A lo lejos, el horizonte, bajo un cielo denso y oscuro, trazaba una línea suave y hermosa. Cuando miré por la ventana la nieve de la carretera estaba virgen todavía. Ningún vecino se había atrevido a violar la calzada. No recuerdo cuánto tiempo hacía que no veía una Mancha tan bella. Si la primavera nos rescata una llanura casi asturiana, el viernes el invierno nos trasladó a los paisajes de los cuentos de los hermanos Grimm (…era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas, y Blancanieves…) Este periódico, ayer, se llenó de fotografías diferentes. La nieve era la gran protagonista. Y allí veíamos La Plaza como si fuese una fotografía de Rosemborg con un extraño cartel del Quijote en una de sus esquinas. Los automóviles escondidos entre la espuma parecían vencidos. Las escasas máquinas quitanieves devorando las calzadas se hacían las reinas de la calle. Ya digo, a pesar de los inconvenientes, el viernes nos despertamos en otro lugar. Bien provista de gorros y guantes la gente se echó a la calle a construir muñecos de nieve y a tirar bolas de algodón que se deshacían por el aire. Hacía treinta años que no nevaba tanto. Yo entonces tenía veinte y todavía me acuerdo. Ya era hora. Agradezcámoslo al cielo. En fin.

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