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FIDEL

24/12/2006

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Cuando estudiaba en el colegio mayor me dejé una barba al estilo Fidel. Un pequeño grupo de estudiantes revoltosos admirábamos aquel marxismo caribeño. El depravado proteccionismo norteamericano había sido vencido por la voluntad revolucionaria de un grupo de cubanos. Y Fidel, con su tranca gallega, con una inteligencia estratégica de genio, nos había, en el fondo, vengado de la derrota más humillante de nuestra historia, la de Cuba frente a los Yanquis. Nuestro país vivió mucho tiempo los vapores decadentes del 98. A pesar de las hueras grandiosidades del franquismo, desde entonces, ha corrido por nuestra hispana sangre la amargura del imperio vencido. Y entonces llegó Fidel, como dice la canción, y dio una patada en el culo a los yanquis y se convirtió en un icono de la juventud idealista. Las habitaciones de estudiantes se llenaron de afiches del comandante. Eran cartelones en los que aparecía arengando a las masas: uniforme verde de militar, gorra algo echada para atrás, manos puntualizadotas, ojos inteligentes. A su lado estaba el Ché con un toque de cautivador romanticismo en sus ojos de poeta. Entonces pensábamos que en Cuba se había realizado el milagro: la muerte de la pobreza. Luego, ya mayor, fui a Cuba y sentí que algo de aquel joven que fui se venía conmigo. Tenía expectación por ver con mis propios ojos el resultado de la revolución. Ya claro, no era marxista, así que fui más objetivo. La sociedad cubana resultante me pareció muy contradictoria. Primero porque, por desgracia, la pobreza no había muerto (entre otras razones USA no lo permitió). Y allí sobrevivía un progresismo maravilloso junto a los clásicos resortes de una dictadura. Incluso, tenía un toque de franquismo inexcusable (secretas, chivatazos, miedo…). Sin embargo, a los que iban conmigo dije que preferiría vivir allí que en cualquiera de las dictaduras de alrededor. El paraíso en la tierra no existe, pensé. Ahora Fidel está en su final. Y nadie sabe cómo acabará la película. Ni aun si será de manera pacífica. Yo ya no tengo afiches en la habitación. En fin.

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