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La Queja

12/02/2006

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Aquí nadie se queja. Somos el país que tiene las tragaderas más amplias de la UE. A veces incluso consideramos al que se queja como un ser extraño, un inadaptado, un llorón impenitente. Recuerdo que una vez le dije a alguien en el AVE –con la más absoluta educación- que no estaba permitido hablar por el móvil –y mucho menos a gritos- fuera de las plataformas. Y el energúmeno me respondió que me fuera a vivir sólo a una isla, que así nadie me molestaría. Me callé para no generar más pendencias. Aunque pensé que aquel troglodita era, por supuesto, modelo básico del comportamiento medio, es decir, de tantos que se pasan la ley por el forro de los cataplines. Y la verdad es que observé que algunos más del vagón me miraron como si fuese un pendenciero con mono de puñetazos y broncas absurdas. Otra vez observé a una dulce señora ser arrasada verbalmente por otra porque le había dado la queja de que no estaba permitido arrojar la basura a las once de la mañana. La pobre mujer tenía el contenedor al lado de su casa y le preguntó que porqué tenía ella que oler su basura hasta las diez de la noche. Ante aquel razonamiento la listilla se limitó a decirle que ya estaba hasta adonde saben de la gente que se queja de todo. El otro día me dijo el dependiente de una tienda, situada en una céntrica plaza, que estaba a punto de irse al siquiatra porque ya no aguantaba más la estruendosa música de una pista de patinaje que le habían puesto en las narices. El hombre tragaba sin quejarse porque pensaba que sería inútil la protesta. El caso es que llamé a la policía municipal y la música cesó. Y casi nadie se queja de la carretera de Miguelturra, en donde han impuesto la caravana como estado permanente de movimiento. Aquí aguantamos todo quizá pensando que estará mal quejarse. Pasan cosas injustas, pero las quejas a la autoridad competente brillan por su ausencia. Nos cabreamos en el bar, ante camareros que nada pueden hacer salvo ponernos otro vino. Hay que quejarse más, escribir más adonde sea. Somos nada más y nada menos que los contribuyentes del invento. Ea.

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