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El dios de la lluvia

10/12/2003

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Lo bueno de este invierno tan húmedo es que nos entrega paisajes desconocidos. A veces nos muestra paisajes que vemos en lejanas películas o en fotografías invernales que rezuman nostalgia e intimismo. Paisajes, en el fondo, que aquí apenas imaginamos o que se pierden en el recuerdo de algún invierno lluvioso de la infancia. Además, desde un punto de vista agrícola, con el dios de la lluvia llega la diosa de la fertilidad. Y con ésta, el dios de la belleza, porque con tanta bruma nuestra tradicional sequedad se alimenta de sombras fértiles, de nubes impunes y pensamientos tranquilos. Y al fin queda el olor del polvo destrozado. Y así, cuando las tierras secas, antiguas, se encharcan en los caminos, ya no parecen del sur. Cuando la neblina es el oxígeno que respiran los olivos el paisaje se vuelve enigmático, se concentra más en el silencio. El rastro de un cielo azul todavía se pierde en la retina. Mas si abres y cierras los ojos te encuentras con un paisaje soñoliento alimentado con la luminosidad de la penumbra; un paisaje extemporáneo que vence la antigua sequedad, dando tristeza y sombra, melancolía y fuerza. Parece que la vida de siempre se ha puesto unas ropas distintas, que ha apagado su fuego para acurrucarse en la nostalgia.

Sales a las calles de la pequeña ciudad y todo está más solitario y silencioso. El brillo de las luces en los charcos, en los adoquines mojados, te crea la ilusión de que son de cristal y son el escenario de un cuento anónimo y triste. La soledad te da la sensación de que todo es más grande e importante y además es más posible pasear conversando con el que habita con nosotros, con el que vive dentro de nuestra mente. Porque aquí, en el corazón del desierto, llega con la lluvia una pizca de poesía traducible, una hoja de melancolía que se queda en la blandura del viento mirando la vida esconderse, mirando el golpe de los semáforos en el viento, mirando como se limpian las fachadas de la mugre veraniega. Y afuera, donde el sol hiere los rostros, estos campos duros se vuelven blandos y registran fotografías de ruedas anónimas. Las encinas se enriquecen con el pálido verdor de la niebla y hasta los rastrojos desechan su polvo para brillar luminosos. Cuando el dios de la lluvia se acuerda de nosotros, nos viste con una belleza impensable. Nos detiene la angustia del polvo. Nos crea un preludio de primaveras hermosísimas y veranos refrescantes. Nos encanta con el agua del tiempo. Nos endulza con el sabor de la primera célula que comenzó a vencer en la batalla de la vida.


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