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Paradojas

28/08/2005

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Uno de los síntomas más obvios de los que definen a nuestra sociedad es el de la paradoja. Podría decir que incluso a la propia vida humana. Wilde, el desafortunado genio, lo entendió así y por eso llenó su vida y su obra de maravillosas y trepidantes paradojas. Sobre su vida baste decir que no se entiende que alguien tan sensible y delicado como él mantuviera relaciones amatorias nada menos que con el hijo de quien inventó las reglas del boxeo, Lord Queensberry. O aquella reflexión tan lúcida y paradójica que desarrollo en su conferencia “El alma del hombre bajo el socialismo”: “En interés del rico debemos desembarazarnos de la pobreza”. Me imagino que el argumento pillaría descolocado a más de uno, pero si se piensa bien, se verá que es una frase con más carga de razón de lo que parece. Según él pensaba la paradoja es lo que mejor define nuestro profundo carácter contradictorio y esa necesidad de hipocresía que nos domina hasta hacer de nosotros verdaderos seres de la apariencia. Unamuno decía que somos de tres maneras: como nos ven, como queremos ser y como somos. Wilde lo redujo todo a la primera, somos como nos ven. Por eso dijo aquello tan cínico de que “hablen de uno, aunque sea mal”. Porque la paradoja es una batalla entre la apariencia y lo real. Desgraciadamente, casi nunca vence lo real. Sobre todo ahora, cuando la sociedad mediática en la que vivimos ha conseguido que la forma venza al fondo. La verdad ya no es lo importante, sino lo que los medios digan de ella. Si nada dicen, no existe. Por eso acertó Macluhan cuando dijo el famoso dogma mediático, que el medio es el mensaje. Otra paradoja. Estamos llenos de paradojas. Como por ejemplo que tengamos una de las tasas más altas de desempleo de Europa y los agricultores se quejen de que falta mano de obra para la vendimia. ¿Cómo es posible? Lógicamente, no se puede entender si no es desde un punto de vista paradójico. De lo contrario habría que aceptar que en España o no hay parados o no hay viñas. Y de ambas realidades hay a mansalva. En fin, que no se entiende. Salvo que aceptemos la paradoja como forma de existencia y por tanto digamos también con Wilde aquello que dijo ante un auditorio entregado: Puedo creerlo todo con tal de que sea increíble. Ea.

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