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Amanecer

10/04/2005

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Enciendo el ordenador y da la primera luz. Es un azul electrónico, como el añil, pero más volátil. Además, como tengo la pantalla libre de iconos se expande libre el azul y reconozco que mezclado con las primeras claridades crea un ambiente bellísimo, una sensación de paz y orden que reconforta inevitablemente el espíritu. Ver amanecer es uno de los más hermosos placeres de la existencia, dijo una noche Ciorán cuando comenzaba a sentir que la enfermedad le comía las luces de la conciencia. Será, me digo, porque al silencio le acompaña la emoción de la vida que insiste y gana una batalla que luego perderá, cuando la noche. Y así ahora me siento libre, como si mi interior estuviese más ágil. En este amanecer que no me invita a otra cosa que a observarlo, presiento que sólo existimos los dos y que la multitud del tiempo es un recuerdo perecedero. Durante los otros días de la semana el amanecer es un pistoletazo al vacío. Por eso, si amo los fines de semana es porque tengo la posibilidad de levantarme temprano y gozar, sin prisa, de cada uno de los cabellos de la luz que se mueven, de los bríos del sol al fondo de la llanura inyectándose en mis ojos como la luz del ordenador, que está en posición de espera, sin tocar. El ordenador se amansa, porque ante tanto orden, plenitud y belleza, ¿quién desea escribir? Escribir o no escribir es lo mismo. Mirando el amanecer los pensamientos no quieren perderse en el bosque de las palabras. Y así, lo único que siento es la indolora y primeriza caricia la vida o que la escasa bruma de la primavera relaja la angustia de los árboles y los vuelve más íntimos, casi de sueños. Así, ahora mejor no escribir y gozar tan sólo del paisaje de la calma. O quizá retener esta plenitud por si pudiera después rescribirse desde el recuerdo. Ahora lo intento y sólo me acerco a la corteza de esa sensación cautiva del placer. En fin, da igual. Pero lo que sí es cierto es que esta mañana, al amanecer, ante una bruma que no quería molestar, desde la soledad de mis ojos y ausencia de destino, me sentí el rey del mundo. Un rey, claro, destronado en el momento en el que el primer automóvil irrumpió desde la lejanía despertando al amanecer. Y entonces los dos despertamos.

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