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Entrevista a Moises Agudo, Gerente de Frimancha

04/01/2000

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MOISÉS ARGUDO: EN ESTA TIERRA FALTA CULTURA EMPRESARIAL

Desde la autovía, Valdepeñas parece, al atardecer, una inmensa llanura pespunteada de luces. Las curvas de la carretera en la oscuridad van encontrando pequeños oasis de luz que se espetan en los ojos como luminarias felices. Frimancha está casi en el primer lindero de los polígonos de la ciudad. Un enorme cartelón lejano nos avisa. Una entrada difícil, controlada por un vigilante, es el umbral de las naves. Ya estamos en el territorio de una de las empresas más importantes de la región, la única de la provincia de Ciudad Real que cotiza en La Bolsa. Entramos recibiendo el saludo atento del vigilante jurado. El aparcamiento está atestado y tenemos que esperar la salida de un trabajador para ocupar con presteza su hueco. Es viernes por la tarde. Es otoño es seco. Un viento fresco nos recibe al bajar del automóvil.
Entramos en el edificio de las oficinas. Ladrillo visto marrón oscuro, largos y estrechos pasillos llenos de un denso murmullo de actividad. Batas blancas que suben y bajan y entran en las salas, en los despachos. Teléfonos que acosan el silencio. Las luces blancas del neón echan chispas ante el trasegar interminable de los trabajadores. Apenas esperamos cinco minutos y don Don Moisés nos recibe. Ayudo a Miguel Ángel, el meticuloso fotógrafo, a pasar al despacho los maletones, los trípodes, la pantalla, todos esos artilugios técnicos que hacen que la fotografía sea un arte.
Don Moisés Argudo está sentado en el sillón de su mesa de despacho. Detrás tiene una estantería llena de carpetones y de libros. El despacho es austero y funcional. Impera el orden. El empresario está a la expectativa. Los brazos encima de la mesa, cruzados, mirándome como se mira lo que no se conoce.
- Nos conocimos hace mucho tiempo don Moisés -le digo para romper el fuego-.
El me mira sorprendido, indagando mi rostro, y luego, después de un instante de meditación, hace ademán de recordarme y nos ponemos a recorrer lugares comunes en el tiempo, instantes en los que habíamos coincidido, en el pasado, en actos de promoción comercial de la provincia. Entramos en materia.
-Llevo 22 años ya en Valdepeñas -me dice-; ¡cuánto tiempo! Parece que fue ayer cuando llegué aquí, de Valencia. Entonces facturábamos ochocientos millones, y trabajábamos 120 personas; hoy somos más de cuatrocientos y en el último ejercicio hemos facturado 15.500 millones. Yo soy hijo de un agricultor. Nací en un pueblecito de Cuenca, Granja de Campalbo. Fuí jornalero. Emigré a Valencia en donde aprendí el negocio de la carnicería. Trabajé allí en Óscar Mayer y en la General de Mataderos. En el año 76 llegue a Valdepeñas, a este matadero frigorífico, fui gerente y luego propietario, y así hasta hoy.
Noto la satisfacción en su rostro mientras me va dando los pequeños bosquejos de la historia. La empresa pasaba en aquellos tiempos profundas necesidades económicas, y desde el momento en que Moisés Argudo tomó las riendas empresariales, comenzó la escalada hasta estabilidad y crecimiento constante actual. Argudo habla con frases cortas y directas. Se percibe la profunda convicción de lo que dice. Le pregunto por su filosofía empresarial:
-Es usted un ejemplo de la buena gestión empresarial, del escurridizo éxito comercial. ¿Cuales son sus argumentos?
Argudo no responde nunca con presteza. Se queda mirando el tapiz de la mesa, pensando la respuesta más conveniente. Levanta los ojos y me muestra la mirada de la certeza.

-Responder a la confianza que los financieros ponen en tus manos es muy importante. Sin financiación no hay empresa. Para mi es sagrado responder siempre a los que confían en ti. Luego, lo de siempre. El primer argumento del éxito empresarial es el trabajo. Sacrificarse con humildad hora tras hora. También creo que es muy importante saber rodearse de los mejores equipos, y darles confianza para que desarrollen sus proyectos -le preguntaron a Samaranch que cuál era el secreto de su éxito inagotable, y dijo que rodearse de personas inteligentes-. Y cómo no, en tercer lugar, lo que no quiere decir que en último, no perder de nunca de vista el entorno, estar en disposición siempre de adaptarse a los cambios económicos. Ah, y por supuesto, en cuarto lugar, invertir los beneficios del esfuerzo en la propia empresa, hacerla cada día más estable, más funcional, mejor gestionada.
- ¿Practica estos principios en su propia empresa?
- ¡Claro! -me responde con felina agilidad-, la columna vertebral de esta empresa son las personas. Y nuestra norma fundamental es modernizar permanentemente la fábrica, invertir beneficios en la mejora de la producción. En los últimos años hemos ampliado sustancialmente las instalaciones. La fábrica, la sala de despiece, la red de frío. Así, de cabeza, en el trienio pasado hemos invertido mil cien, seiscientos y setecientos millones de pesetas. Hace dos años construimos la planta de cogeneración, que supuso una inversión de mil millones de pesetas. También damos bastante importancia a la investigación y el desarrollo, a la mejora de nuestros productos.
-¿Cuáles son los mercados principales de Frimancha? ¿Tiene su empresa entre los objetivos fundamentales la conquista de nuevos mercados exteriores? -le pregunto aprovechando que don Moisés está absolutamente a gusto hablando de su trabajo.
- Por supuesto -me responde, esta vez, tras diez o quince segundos de ejercicio memorístico- . Estoy convencido de que hemos de llegar cada año a nuevos mercados y mejorar nuestra posición en los ya existentes. Ahora mismo trabajamos bastante en la zona centro de España, en Andalucía, en la zona de Levante y Cataluña, y en Extremadura. Fuera de España vendemos en Portugal, Italia y Alemania, de momento sólo el diez por ciento de nuestra producción. Sin embargo, tengo claro que debemos aumentar nuestras ventas en el resto de países de la UE. Nuestra filosofía comercial y empresarial implica competir también en los otros países comunitarios.
Oigo el concepto, filosofía empresarial, conciencia empresarial, y me sale la pregunta inevitable:
-¿Existe cultura empresarial en nuestra tierra? ¿Podremos realmente competir con el resto de países de la UE que invaden nuestros mercados cada año con productos más competitivos?- se lo suelto de sopetón-.
Moisés Argudo medita profundamente la respuesta.
-No, no existe cultura empresarial en La Mancha -me dice lentamente-; aunque, bien es verdad que hemos mejorado sustancialmente en los últimos años. No hay más que mirar el asunto de los vinos, en el cual ya estamos compitiendo con países tradicionalmente productores, que hace unos años nos superaban. Pero para competir con garantías de éxito con los países comunitarios todavía tenemos que mejorar mucho. Hemos de invertir más dinero en innovación y desarrollo, este es un capítulo de gasto que tenemos claro en Frimancha. También es importante que concienciemos a nuestros jóvenes sobre lo importante que es para el desarrollo de la sociedad en su conjunto que existan buenos empresarios. Mira, en Cataluña, el ochenta por ciento de los jóvenes quiere ser empresario, y el veinte por ciento restante quiere ser funcionario. Aquí es al revés. Hemos avanzado pero queda un largo camino por recorrer.

La noche profunda se ve desde el alto ventanal. El fotógrafo nos interrumpe un instante y requiere toda la atención del personaje. El se presta con largueza a posar bajo los focos y las pantallas. Yo aprovecho puentes y letargos entre foto y foto.
-¿Tendrá algún hobby, no? -le digo pensando que un hombre que trabaja de siete de la mañana a nueve de la noche quizá hasta haya olvidado lo que significa ese horroroso anglicismo.
-Claro -me responde, esta vez con presteza, sin pensar-, me gusta el golf, el ciclismo y el frontenis. Los fines de semana que puedo los practico a conciencia. Ya sabes aquella máxima evangélica de que no sólo de pan vive el hombre. A veces hay que relajar un poco la tensión permanente del trabajo. Estar con la familia también es importante, y más yo, que tengo seis hijos, cinco varones y una hembra.
En los silencios se oye la actividad frenética de Frimancha. Casi el rasgar de las zapatillas por el suelo de los pasillos, los portazos de las puertas de las cámaras, un intenso trajín que no ha parado ni un momento. Cuando termina la sesión fotográfica Argudo vuelve a sentarse en la mesa, dispuesto a recibir mis preguntas. Cambio de tema.
-¿Qué le parece la idea de la Cámara del promover un aeropuerto en la provincia?
-Ah, genial -me responde-. Yo creo que va a ser muy importante para el desarrollo de esta zona. Lo mismo que pasó con el AVE. Esta tierra necesita buenas infraestructuras para poder competir en igualdad de condiciones con las otras regiones comunitarias que gozan de unas excelentes infraestructuras de comunicación.
La entrevista se va a cercando a su fin. Quiero que la última pregunta sea una mezcla de la condición empresarial y humana del personaje.
-¿Tiene futuro en un mundo tan globalizado como el nuestro, en el que a diario se ensalzan las economías de escala, las multinacionales, el binomio productividad y dimensión, el concepto de empresa familiar que usted representa?
-Por supuesto que sí -me responde decidido-. Empresa familiar no tiene por qué significar gestión desprofesionalizada. No tiene por qué ser un concepto anticuado, casi decimonónico, de otro tiempo lejano. Al revés. Nosotros hemos sabido siempre que una cosa es la gestión y otra los accionistas. Y la empresa es más que los propietarios, por supuesto. Es una gran familia en donde el bienestar de unos miembros depende de otros. Trabajadores, proveedores, bancos... Nosotros, como otras empresas de la zona, hemos sabido entroncar la empresa familiar con la necesidad de la profesionalización de la gestión. Además, han sido las empresas familiares las que han defendido el concepto de honradez empresarial frente a ese virus de la economía de mercado que es la especulación financiera, el pelotazo, el enriquecimiento rápido, o como quiera que se llame, que tan mala fama ha dado al sector empresarial.
Noto que don Moisés se siente a gusto hablando de estos temas, de su empresa, de la realidad económica que vivimos, en definitiva, de lo que es parte fundamental de su vida. Pero inevitablemente ha de terminar la entrevista. Ya es totalmente de noche. Se oye algo menos el trasiego de los trabajdores de Frimancha. Me despido de don Moisés Argudo, y mientras regreso a mi ciudad, no se me va del cuerpo la profunda sensación de que he estado unas horas con un verdadero empresario.

MOISÉS ARGUDO: EN ESTA TIERRA FALTA CULTURA EMPRESARIAL

Desde la autovía, Valdepeñas parece, al atardecer, una inmensa llanura pespunteada de luces. Las curvas de la carretera en la oscuridad van encontrando pequeños oasis de luz que se espetan en los ojos como luminarias felices. Frimancha está casi en el primer lindero de los polígonos de la ciudad. Un enorme cartelón lejano nos avisa. Una entrada difícil, controlada por un vigilante. Ya estamos en el territorio de una de las empresas más importantes de la región, la única de la provincia de Ciudad Real que cotiza en La Bolsa. Entramos recibiendo el saludo atento del vigilante jurado. El aparcamiento está atestado y tenemos que esperar la salida de un trabajador para ocupar con presteza su hueco. Es viernes por la tarde. Es otoño seco. Un viento fresco nos recibe al bajar del automóvil.
Entramos en el edificio de las oficinas. Ladrillo visto marrón oscuro, largos y estrechos pasillos llenos de un denso murmullo de actividad. Batas blancas que suben y bajan y entran en las salas, en los despachos. Teléfonos que acosan el silencio. Las luces blancas del neón echan chispas ante el trasegar interminable de los trabajadores. Apenas esperamos cinco minutos y don Don Moisés nos recibe. Ayudo a Miguel Ángel, el meticuloso fotógrafo, a pasar al despacho los maletones, los trípodes, la pantalla, todos esos artilugios técnicos que hacen que la fotografía sea un arte.
Don Moisés Argudo está sentado en el sillón de su mesa de despacho. Detrás tiene una estantería llena de carpetones y de libros. El despacho es austero y funcional. Impera el orden. El empresario está a la expectativa. Los brazos encima de la mesa, cruzados, mirándome como se mira lo que no se conoce.
- Nos conocimos hace mucho tiempo don Moisés -le digo para romper el fuego-.
El me mira sorprendido, indagando mi rostro, y luego, después de un instante de meditación, hace ademán de recordarme y nos ponemos a recorrer lugares comunes en el tiempo, instantes en los que habíamos coincidido, en el pasado, en actos de promoción comercial de la provincia. Entramos en materia.
-Llevo 22 años ya en Valdepeñas -me dice-; ¡cuánto tiempo! Parece que fue ayer cuando llegué aquí, de Valencia. Entonces facturábamos ochocientos millones, y trabajábamos 120 personas; hoy somos más de cuatrocientos y en el último ejercicio hemos facturado 15.500 millones. Yo soy hijo de un agricultor. Nací en un pueblecito de Cuenca, Granja de Campalbo. Fuí jornalero. Emigré a Valencia en donde aprendí el negocio de la carnicería. Trabajé allí en Óscar Mayer y en la General de Mataderos. En el año 76 llegue a Valdepeñas, a este matadero frigorífico, fui gerente y luego propietario, y así hasta hoy.
Noto la satisfacción en su rostro mientras me va dando los pequeños bosquejos de la historia. La empresa pasaba en aquellos tiempos profundas necesidades económicas, y desde el momento en que Moisés Argudo tomó las riendas empresariales, comenzó la escalada hasta estabilidad y crecimiento constante actual. Argudo habla con frases cortas y directas. Se percibe la profunda convicción de lo que dice. Le pregunto por su filosofía empresarial:
-Es usted un ejemplo de la buena gestión empresarial, del escurridizo éxito comercial. ¿Cuales son sus argumentos?
Argudo no responde nunca con presteza. Se queda mirando el tapiz de la mesa, pensando la respuesta más conveniente. Levanta los ojos y me muestra la mirada de la certeza.

-Responder a la confianza que los financieros ponen en tus manos es muy importante. Sin financiación no hay empresa. Para mi es sagrado responder siempre a los que confían en ti. Luego, lo de siempre. El primer argumento del éxito empresarial es el trabajo. Sacrificarse con humildad hora tras hora. También creo que es muy importante saber rodearse de los mejores equipos, y darles confianza para que desarrollen sus proyectos -le preguntaron a Samaranch que cuál era el secreto de su éxito inagotable, y dijo que rodearse de personas inteligentes-. Y cómo no, en tercer lugar, lo que no quiere decir que en último, no perder de nunca de vista el entorno, estar en disposición siempre de adaptarse a los cambios económicos. Ah, y por supuesto, en cuarto lugar, invertir los beneficios del esfuerzo en la propia empresa, hacerla cada día más estable, más funcional, mejor gestionada.
- ¿Practica estos principios en su propia empresa?
- ¡Claro! -me responde con felina agilidad-, la columna vertebral de esta empresa son las personas. Y nuestra norma fundamental es modernizar permanentemente la fábrica, invertir beneficios en la mejora de la producción. En los últimos años hemos ampliado sustancialmente las instalaciones. La fábrica, la sala de despiece, la red de frío. Así, de cabeza, en el trienio pasado hemos invertido mil cien, seiscientos y setecientos millones de pesetas. Hace dos años construimos la planta de cogeneración, que supuso una inversión de mil millones de pesetas. También damos bastante importancia a la investigación y el desarrollo, a la mejora de nuestros productos.
-¿Cuáles son los mercados principales de Frimancha? ¿Tiene su empresa entre los objetivos fundamentales la conquista de nuevos mercados exteriores? -le pregunto aprovechando que don Moisés está absolutamente a gusto hablando de su trabajo.
- Por supuesto -me responde, esta vez, tras diez o quince segundos de ejercicio memorístico- . Estoy convencido de que hemos de llegar cada año a nuevos mercados y mejorar nuestra posición en los ya existentes. Ahora mismo trabajamos bastante en la zona centro de España, en Andalucía, en la zona de Levante y Cataluña, y en Extremadura. Fuera de España vendemos en Portugal, Italia y Alemania, de momento sólo el diez por ciento de nuestra producción. Sin embargo, tengo claro que debemos aumentar nuestras ventas en el resto de países de la UE. Nuestra filosofía comercial y empresarial implica competir también en los otros países comunitarios.
Oigo el concepto, filosofía empresarial, conciencia empresarial, y me sale la pregunta inevitable:
-¿Existe cultura empresarial en nuestra tierra? ¿Podremos realmente competir con el resto de países de la UE que invaden nuestros mercados cada año con productos más competitivos?- se lo suelto de sopetón-.
Moisés Argudo medita profundamente la respuesta.
-No, no existe cultura empresarial en La Mancha -me dice lentamente-; aunque, bien es verdad que hemos mejorado sustancialmente en los últimos años. No hay más que mirar el asunto de los vinos, en el cual ya estamos compitiendo con países tradicionalmente productores, que hace unos años nos superaban. Pero para competir con garantías de éxito con los países comunitarios todavía tenemos que mejorar mucho. Hemos de invertir más dinero en innovación y desarrollo, este es un capítulo de gasto que tenemos claro en Frimancha. También es importante que concienciemos a nuestros jóvenes sobre lo importante que es para el desarrollo de la sociedad en su conjunto que existan buenos empresarios. Mira, en Cataluña, el ochenta por ciento de los jóvenes quiere ser empresario, y el veinte por ciento restante quiere ser funcionario. Aquí es al revés. Hemos avanzado pero queda un largo camino por recorrer.

La noche profunda se ve desde el alto ventanal. El fotógrafo nos interrumpe un instante y requiere toda la atención del personaje. El se presta con largueza a posar bajo los focos y las pantallas. Yo aprovecho puentes y letargos entre foto y foto.
-¿Tendrá algún hobby, no? -le digo pensando que un hombre que trabaja de siete de la mañana a nueve de la noche quizá hasta haya olvidado lo que significa ese horroroso anglicismo.
-Claro -me responde, esta vez con presteza, sin pensar-, me gusta el golf, el ciclismo y el frontenis. Los fines de semana que puedo los practico a conciencia. Ya sabes aquella máxima evangélica de que no sólo de pan vive el hombre. A veces hay que relajar un poco la tensión permanente del trabajo. Estar con la familia también es importante, y más yo, que tengo seis hijos, cinco varones y una hembra.
En los silencios se oye la actividad frenética de Frimancha. Casi el rasgar de las zapatillas por el suelo de los pasillos, los portazos de las puertas de las cámaras, un intenso trajín que no ha parado ni un momento. Cuando termina la sesión fotográfica Argudo vuelve a sentarse en la mesa, dispuesto a recibir mis preguntas. Cambio de tema.
-¿Qué le parece la idea de la Cámara del promover un aeropuerto en la provincia?
-Ah, genial -me responde-. Yo creo que va a ser muy importante para el desarrollo de esta zona. Lo mismo que pasó con el AVE. Esta tierra necesita buenas infraestructuras para poder competir en igualdad de condiciones con las otras regiones comunitarias que gozan de unas excelentes infraestructuras de comunicación.
La entrevista se va a cercando a su fin. Quiero que la última pregunta sea una mezcla de la condición empresarial y humana del personaje.
-¿Tiene futuro en un mundo tan globalizado como el nuestro, en el que a diario se ensalzan las economías de escala, las multinacionales, el binomio productividad y dimensión, el concepto de empresa familiar que usted representa?
-Por supuesto que sí -me responde decidido-. Empresa familiar no tiene por qué significar gestión desprofesionalizada. No tiene por qué ser un concepto anticuado, casi decimonónico, de otro tiempo lejano. Al revés. Nosotros hemos sabido siempre que una cosa es la gestión y otra los accionistas. Y la empresa es más que los propietarios, por supuesto. Es una gran familia en donde el bienestar de unos miembros depende de otros. Trabajadores, proveedores, bancos... Nosotros, como otras empresas de la zona, hemos sabido entroncar la empresa familiar con la necesidad de la profesionalización de la gestión. Además, han sido las empresas familiares las que han defendido el concepto de honradez empresarial frente a ese virus de la economía de mercado que es la especulación financiera, el pelotazo, el enriquecimiento rápido, o como quiera que se llame, que tan mala fama ha dado al sector empresarial.
Noto que don Moisés se siente a gusto hablando de estos temas, de su empresa, de la realidad económica que vivimos, en definitiva, de lo que es parte fundamental de su vida. Pero inevitablemente ha de terminar la entrevista. Ya es totalmente de noche. Se oye algo menos el trasiego de los trabajdores de Frimancha. Me despido de don Moisés Argudo, y mientras regreso a mi ciudad, no se me va del cuerpo la profunda sensación de que he estado unas horas con un verdadero empresario.

MOISÉS ARGUDO: EN ESTA TIERRA FALTA CULTURA EMPRESARIAL

Desde la autovía, Valdepeñas parece, al atardecer, una inmensa llanura pespunteada de luces. Las curvas de la carretera en la oscuridad van encontrando pequeños oasis de luz que se espetan en los ojos como luminarias felices. Frimancha está casi en el primer lindero de los polígonos de la ciudad. Un enorme cartelón lejano nos avisa. Una entrada difícil, controlada por un vigilante. Ya estamos en el territorio de una de las empresas más importantes de la región, la única de la provincia de Ciudad Real que cotiza en La Bolsa. Entramos recibiendo el saludo atento del vigilante jurado. El aparcamiento está atestado y tenemos que esperar la salida de un trabajador para ocupar con presteza su hueco. Es viernes por la tarde. Es otoño seco. Un viento fresco nos recibe al bajar del automóvil.
Entramos en el edificio de las oficinas. Ladrillo visto marrón oscuro, largos y estrechos pasillos llenos de un denso murmullo de actividad. Batas blancas que suben y bajan y entran en las salas, en los despachos. Teléfonos que acosan el silencio. Las luces blancas del neón echan chispas ante el trasegar interminable de los trabajadores. Apenas esperamos cinco minutos y don Don Moisés nos recibe. Ayudo a Miguel Ángel, el meticuloso fotógrafo, a pasar al despacho los maletones, los trípodes, la pantalla, todos esos artilugios técnicos que hacen que la fotografía sea un arte.
Don Moisés Argudo está sentado en el sillón de su mesa de despacho. Detrás tiene una estantería llena de carpetones y de libros. El despacho es austero y funcional. Impera el orden. El empresario está a la expectativa. Los brazos encima de la mesa, cruzados, mirándome como se mira lo que no se conoce.
- Nos conocimos hace mucho tiempo don Moisés -le digo para romper el fuego-.
El me mira sorprendido, indagando mi rostro, y luego, después de un instante de meditación, hace ademán de recordarme y nos ponemos a recorrer lugares comunes en el tiempo, instantes en los que habíamos coincidido, en el pasado, en actos de promoción comercial de la provincia. Entramos en materia.
-Llevo 22 años ya en Valdepeñas -me dice-; ¡cuánto tiempo! Parece que fue ayer cuando llegué aquí, de Valencia. Entonces facturábamos ochocientos millones, y trabajábamos 120 personas; hoy somos más de cuatrocientos y en el último ejercicio hemos facturado 15.500 millones. Yo soy hijo de un agricultor. Nací en un pueblecito de Cuenca, Granja de Campalbo. Fuí jornalero. Emigré a Valencia en donde aprendí el negocio de la carnicería. Trabajé allí en Óscar Mayer y en la General de Mataderos. En el año 76 llegue a Valdepeñas, a este matadero frigorífico, fui gerente y luego propietario, y así hasta hoy.
Noto la satisfacción en su rostro mientras me va dando los pequeños bosquejos de la historia. La empresa pasaba en aquellos tiempos profundas necesidades económicas, y desde el momento en que Moisés Argudo tomó las riendas empresariales, comenzó la escalada hasta estabilidad y crecimiento constante actual. Argudo habla con frases cortas y directas. Se percibe la profunda convicción de lo que dice. Le pregunto por su filosofía empresarial:
-Es usted un ejemplo de la buena gestión empresarial, del escurridizo éxito comercial. ¿Cuales son sus argumentos?
Argudo no responde nunca con presteza. Se queda mirando el tapiz de la mesa, pensando la respuesta más conveniente. Levanta los ojos y me muestra la mirada de la certeza.

-Responder a la confianza que los financieros ponen en tus manos es muy importante. Sin financiación no hay empresa. Para mi es sagrado responder siempre a los que confían en ti. Luego, lo de siempre. El primer argumento del éxito empresarial es el trabajo. Sacrificarse con humildad hora tras hora. También creo que es muy importante saber rodearse de los mejores equipos, y darles confianza para que desarrollen sus proyectos -le preguntaron a Samaranch que cuál era el secreto de su éxito inagotable, y dijo que rodearse de personas inteligentes-. Y cómo no, en tercer lugar, lo que no quiere decir que en último, no perder de nunca de vista el entorno, estar en disposición siempre de adaptarse a los cambios económicos. Ah, y por supuesto, en cuarto lugar, invertir los beneficios del esfuerzo en la propia empresa, hacerla cada día más estable, más funcional, mejor gestionada.
- ¿Practica estos principios en su propia empresa?
- ¡Claro! -me responde con felina agilidad-, la columna vertebral de esta empresa son las personas. Y nuestra norma fundamental es modernizar permanentemente la fábrica, invertir beneficios en la mejora de la producción. En los últimos años hemos ampliado sustancialmente las instalaciones. La fábrica, la sala de despiece, la red de frío. Así, de cabeza, en el trienio pasado hemos invertido mil cien, seiscientos y setecientos millones de pesetas. Hace dos años construimos la planta de cogeneración, que supuso una inversión de mil millones de pesetas. También damos bastante importancia a la investigación y el desarrollo, a la mejora de nuestros productos.
-¿Cuáles son los mercados principales de Frimancha? ¿Tiene su empresa entre los objetivos fundamentales la conquista de nuevos mercados exteriores? -le pregunto aprovechando que don Moisés está absolutamente a gusto hablando de su trabajo.
- Por supuesto -me responde, esta vez, tras diez o quince segundos de ejercicio memorístico- . Estoy convencido de que hemos de llegar cada año a nuevos mercados y mejorar nuestra posición en los ya existentes. Ahora mismo trabajamos bastante en la zona centro de España, en Andalucía, en la zona de Levante y Cataluña, y en Extremadura. Fuera de España vendemos en Portugal, Italia y Alemania, de momento sólo el diez por ciento de nuestra producción. Sin embargo, tengo claro que debemos aumentar nuestras ventas en el resto de países de la UE. Nuestra filosofía comercial y empresarial implica competir también en los otros países comunitarios.
Oigo el concepto, filosofía empresarial, conciencia empresarial, y me sale la pregunta inevitable:
-¿Existe cultura empresarial en nuestra tierra? ¿Podremos realmente competir con el resto de países de la UE que invaden nuestros mercados cada año con productos más competitivos?- se lo suelto de sopetón-.
Moisés Argudo medita profundamente la respuesta.
-No, no existe cultura empresarial en La Mancha -me dice lentamente-; aunque, bien es verdad que hemos mejorado sustancialmente en los últimos años. No hay más que mirar el asunto de los vinos, en el cual ya estamos compitiendo con países tradicionalmente productores, que hace unos años nos superaban. Pero para competir con garantías de éxito con los países comunitarios todavía tenemos que mejorar mucho. Hemos de invertir más dinero en innovación y desarrollo, este es un capítulo de gasto que tenemos claro en Frimancha. También es importante que concienciemos a nuestros jóvenes sobre lo importante que es para el desarrollo de la sociedad en su conjunto que existan buenos empresarios. Mira, en Cataluña, el ochenta por ciento de los jóvenes quiere ser empresario, y el veinte por ciento restante quiere ser funcionario. Aquí es al revés. Hemos avanzado pero queda un largo camino por recorrer.

La noche profunda se ve desde el alto ventanal. El fotógrafo nos interrumpe un instante y requiere toda la atención del personaje. El se presta con largueza a posar bajo los focos y las pantallas. Yo aprovecho puentes y letargos entre foto y foto.
-¿Tendrá algún hobby, no? -le digo pensando que un hombre que trabaja de siete de la mañana a nueve de la noche quizá hasta haya olvidado lo que significa ese horroroso anglicismo.
-Claro -me responde, esta vez con presteza, sin pensar-, me gusta el golf, el ciclismo y el frontenis. Los fines de semana que puedo los practico a conciencia. Ya sabes aquella máxima evangélica de que no sólo de pan vive el hombre. A veces hay que relajar un poco la tensión permanente del trabajo. Estar con la familia también es importante, y más yo, que tengo seis hijos, cinco varones y una hembra.
En los silencios se oye la actividad frenética de Frimancha. Casi el rasgar de las zapatillas por el suelo de los pasillos, los portazos de las puertas de las cámaras, un intenso trajín que no ha parado ni un momento. Cuando termina la sesión fotográfica Argudo vuelve a sentarse en la mesa, dispuesto a recibir mis preguntas. Cambio de tema.
-¿Qué le parece la idea de la Cámara del promover un aeropuerto en la provincia?
-Ah, genial -me responde-. Yo creo que va a ser muy importante para el desarrollo de esta zona. Lo mismo que pasó con el AVE. Esta tierra necesita buenas infraestructuras para poder competir en igualdad de condiciones con las otras regiones comunitarias que gozan de unas excelentes infraestructuras de comunicación.
La entrevista se va a cercando a su fin. Quiero que la última pregunta sea una mezcla de la condición empresarial y humana del personaje.
-¿Tiene futuro en un mundo tan globalizado como el nuestro, en el que a diario se ensalzan las economías de escala, las multinacionales, el binomio productividad y dimensión, el concepto de empresa familiar que usted representa?
-Por supuesto que sí -me responde decidido-. Empresa familiar no tiene por qué significar gestión desprofesionalizada. No tiene por qué ser un concepto anticuado, casi decimonónico, de otro tiempo lejano. Al revés. Nosotros hemos sabido siempre que una cosa es la gestión y otra los accionistas. Y la empresa es más que los propietarios, por supuesto. Es una gran familia en donde el bienestar de unos miembros depende de otros. Trabajadores, proveedores, bancos... Nosotros, como otras empresas de la zona, hemos sabido entroncar la empresa familiar con la necesidad de la profesionalización de la gestión. Además, han sido las empresas familiares las que han defendido el concepto de honradez empresarial frente a ese virus de la economía de mercado que es la especulación financiera, el pelotazo, el enriquecimiento rápido, o como quiera que se llame, que tan mala fama ha dado al sector empresarial.
Noto que don Moisés se siente a gusto hablando de estos temas, de su empresa, de la realidad económica que vivimos, en definitiva, de lo que es parte fundamental de su vida. Pero inevitablemente ha de terminar la entrevista. Ya es totalmente de noche. Se oye algo menos el trasiego de los trabajdores de Frimancha. Me despido de don Moisés Argudo, y mientras regreso a mi ciudad, no se me va del cuerpo la profunda sensación de que he estado unas horas con un verdadero empresario.



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