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Noche de invierno sin nubes

19/01/2005

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Vemos en televisión imágenes de humanos futuros viajando por el espacio. Dicen los científicos de la Nasa que mañana se podrá ir a los confines de la galaxia con la facilidad que ahora se viaja de un lugar a otro de la tierra. Y así se ve en una serie de televisión cómo nuestra especie es capaz asentarse en planetas de hielo y en planetas de fuego, en cometas heridos y en lunas de viento. Y yo, cuando veo a nuestros sucesores con la escafandra descubriendo territorios ignotos, entiendo que el privilegio de la inteligencia nos vuelve hermosos y buenos, casi dioses infantiles que descubren su poder entre lo inmenso.

Por eso me gustan tanto los programas sobre el espacio. Porque a pesar de que tal inmensidad descubre nuestra pequeñez, también refleja nuestra grandeza: ser, al cabo, los solitarios descubridores de la belleza de un territorio muerto, al menos en lo conocido hasta ahora. Y así, quizá, los que amamos la parte hermosa de la paradoja humana, dedicamos demasiado tiempo a mirar hacia arriba, a sentir cómo se nos eriza la sombra mientras observamos la luminosa oscuridad del universo. Dedicamos las horas sin nadie a concebir cómo se nos calma la existencia mientras sentimos la explosión de los secretos de la vida en una noche de invierno con cielo despejado.

Dicen que desde las lunas de Júpiter se ven los paisajes más hermosos de la galaxia. Dicen que desde Marte la tierra se ve más azul que los ojos de Nicole Kidman. Dicen que en Mercurio casi se tocan los desordenados cabellos del sol y que desde la Luna el universo es casi tan hermoso como visto desde Sierra Morena. Y miramos con el telescopio hasta el fondo, estrujando sus cristales, intentando sentir el chisporroteo extático de los anillos de Saturno, los destellos de Júpiter entre las estrellas que se mueren. Después, cuando quitamos los ojos del artilugio, parece que despertamos de un sueño. He aquí la ficción vibrante de las estrellas, una quijotesca realidad de sombras.

Porque al volver los ojos hacia abajo la paradoja estalla como una cerilla de dinamita. Aquí las estrellas se venden por cuatro euros a las comadres y se sienten orgullosas de ser miserables. Se encierran en una casa, se quitan los vestidos y sueltan el fango a gritos, como energúmenos sin mente. O sea, que esperemos que por ahí arriba, por donde van los telescopios, no hayan descubierto la telebasura. Porque entonces ya no tendría uno en donde ocultarse de tanta bazofia.

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