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Sed de ser

05/12/2004

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En esta tierra casi nada debemos al franquismo. Quizá unas cuantas inversiones pespunteadas en el rosario de los lustros, la luz de cuatro destellos de escopeta en las sierras de Diana y las excepcionales chimeneas de la industria en los umbrales de Alcudia. Y así hay que decirlo aunque no guste la afirmación negativa a esos franquistas camuflados (quien se pique ajos come) que disfrutan de nuestra democracia como si no estuvieran enamorados de su muerte. Nuestra democracia, tan generosa como una madre, alberga a sus hijos descarriados con amor, los acuna en el pecho aunque algunos de ellos sólo deseen inyectar el íntimo veneno de su odio.

Pero también permite que se pueda decir que allá por los sesenta, cuando The Beatles reinaban en las discotecas, James Bond en el cine y el Opus en el parquet de las bolsas y en las nubes del cielo (la ciudad de dios y la ciudad de los hombres, como decía San Agustin) los prebostes se olvidaron de nuestra hambre y de nuestra sed. Y así, cuando se realizaron los planes, los polos y las zonas de desarrollo aquí cayeron, como llovidas de un cielo de estío, sólo las inciertas migajas del crecimiento.

Las grandes inversiones se fueron al nordeste, donde ahora reina el imperio lingüístico del pintoresco Carod Rovira. Las ZUR absorbieron los millones y seguro que la jefatura pensó que aquí no se necesitaban porque cuando venían de caza nos veían contentos y silenciosos. Cruzaban nuestras secas tierras y sólo sentían el rastro del silencio, la soledad de la historia. Y además, creían que los manchegos éramos gente viajera. Por eso nos llevaron de emigrantes a Cataluña. Incluso hasta a Alemanía, que es adonde fueron los más argonautas.

Pero no emigraron sólo las gentes sin futuro. También las aguas. Y tanto que si ahora reviviera Garcilaso seguro que escribiría sus sonetos con otro río. Y resulta que, además, somos los imperialistas. Joder, he aquí una paradoja que ni siquiera Wilde imaginaría.

Pero ahora, mientras luchamos por seguir teniendo esas infraestructuras negadas, nos sigue faltando el agua. Y tenemos sed. Sed de ser. Sed de desarrollo. Sed de fortuna, sed de futuro, sed de esas aguas nuestras que huyen llevándose jornales. Y digo que si ayer fuimos invisibles, ahora se nos tendrá que oír. Para que las aguas vuelvan a su cauce, claro. Aunque sólo fuera por la memoria de Garcilaso.

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