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Micromegas

28/11/2004

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Es bueno mirar al cielo de vez en cuando. Levantar los ojos y parecer uno de aquellos primates que, según dicen los antropólogos, elevaron sus ojos y vieron que por encima de sus cabezas existía un espacio infinito. Si el mundo era un cuenco de terruño y rastrojos, al elevar la testa, vieron el horizonte inmenso, la sensación de lejanía de una tierra que descubrían bastante más rica y enorme que el espacio visual que sus ojos alicaídos enseñaban. Alzaron la cabeza y sus oscuras retinas vieron incrédulas la belleza del vacío.

Quizá entonces sucedió el primer descubrimiento del universo. Y seguramente algún día se demuestre que cuando aquel primate miró a los cielos comenzó a soñar y a imaginar que allí existirían templos invisibles albergando dioses invisibles. Sólo allí, en aquel espacio de azules y nubes, podrían residir los entes que habían creado tanta belleza, incluso su propia vida.

Desde entonces, podría ser que aquel primate desarrollara su mente más allá de las necesidades materiales de la subsistencia. Podría ser que pensara que su destino era ir a vencer la hostilidad de los territorios más inexpugnables. Seguramente, incluso, llegaría a pensar que resolvería los más oscuros acertijos del enigma.

El enigma del universo. La certeza de la permanente relación entre la pequeñez y la inmensidad. Voltaire lo explica de maravilla en el cuento Micromegas. La pequeñez no es otra cosa que bajar los ojos y ver el entorno como si fuese un mundo que comienza y acaba en sí mismo. Bajar los ojos es ver solamente el estrecho habitáculo lleno de raíces que enreda y sujeta mentes paralíticas. Y elevarlos es ver la inmensidad y comprender que nadie sabe realmente en dónde comienzan las fronteras, que nadie tiene otra cosa que un lugar en el polvo de la tierra. Por eso debió ocurrir que cuando nuestros viejos primates elevaron sus ojos comenzaron a cultivar un cerebro tan inmenso como el espacio.

Y ahora, mientras los meteoritos se estrellan en el cristal de las nubes, el ser que mira a lo lejos manda artilugios a las estrellas. Quiere salir del tribalismo, vencer la aciaga pequeñez que doma su mente y oscurece sus neuronas. Pero sigue la batalla entre la inmensidad y la pequeñez. Porque, a pesar de los siglos, aún quedan primates que odian levantar los ojos. Son mentes incapaces de soltar las amarras de sus raíces, de vencer los barrotes de su indigencia espacial, de abrir el telar de lo inmenso. Antes se llamaban australopitecus. Ahora se llaman nacionalistas.


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