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Los rojos atacan de nuevo

17/11/2004

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Tengo varios amigos católicos que ya no salen de casa. Los domingos, en vez de ir a misa, la ven por televisión. Se sientan en el sofá y luego se arrodillan sobre la alfombra. Después ponen los codos suplicantes encima de la mesa y escuchan la perorata del obispo conservador. Oyen de la lengua obispal que por católicos están siendo perseguidos y luego esconden esa angustia milenaria que ya sintieron al ver en “Quo Vadis” a los cristianos devorados por los leones. En su casa, donde la fuerza del sol de los domingos no llega, escuchan el trueno del cayado golpeando el mármol, dirigiéndose a las ondas mediáticas del alba. No debemos de tener miedo a las persecuciones, dice el obispo jefe. Y entonces, algunos se imaginan a las turbas rojas pintarrajeando las balaustradas o desvirgando catecúmenos, volviéndolos homosexuales, eutanásicos, ácratas, engolfados en el fornicio.

Y en éstas, esos obispos dicen que los leones de ayer están en el gobierno. Ven caminar el anticlericalismo como antes, masas de infieles quemando las azucenas de mayo, celebrando el advenimiento del placer. También una intensa grey de columnistas destapan las persecuciones de la fe. El anticlericalismo avanza y la derecha cita palabras de Ortega. Pero lo que no dicen es que Ortega también escribió que ser de derecha es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil. Y en todo caso, creo que los modernos leones que pueden devorar a la iglesia no son los del gobierno. Son los de la sociedad civil. Ésa que marcha hacia el futuro varios kilómetros por delante de los bonetes cardenalicios.

La clerecía estática, ésa que sueña con la vieja asfixia clericaloide, está muriéndose en el pasado, angustiosa porque la vida está llena de apóstatas y prosélitos inermes. No sabe que ya se enterraron los cíngulos de penitencia y que la juventud entiende más a un homosexual que a un catecúmeno. Sí, hoy la gente es más experta en internet que en cristología. Yo, que fui monaguillo, veo que apenas quedan escolanos y que dentro de poco se contratarán emigrantes ilegales como seminaristas, porque los seminarios están tan vacíos como el cerebro de Yola Berrocal. Hoy, los sayones de los obispos quedan extemporáneos, son tiendas de tergal que esconden el miedo de la mogigatería.

En fin, creo que a Dios se le defiende en el corazón de cada uno, y no con hachones y vigilias en la calle. Y además, no encuentro una sola razón para creer que los obispos sean delegados divinos. Y así, donde ellos ven súcubos astutos, mucha gente ve la libertad. Esa palabreja. Ea.


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