Artículos

La parca

02/11/2004

Imprimir artículo


Nunca voy el uno de noviembre adonde viven mis muertos. Y digo adonde “viven”, porque creo, como decía Cicerón, que la vida de los muertos consiste en la memoria de los vivos. Y no voy ese día porque entonces la ciudad de los silencios parece un lugar más de la vida. La espaciosa avenida central vigilada por mausoleos y cenotafios parece la avenida principal de cualquier ciudad tumultuosa. El cementerio, entonces, se asemeja a un mercadillo de flores. Los ojos sin pupila de las calaveras se asombran del movimiento y bajo las aciagas lluvias de noviembre sienten su paz vencida, se asustan por un ruido que llega con la voz de los recuerdos.

Ese día, la ciudad silenciosa sufre la invasión de “los otros”. Y luego piensa uno que no hay nada más triste que ver miles de muertos despidiéndose de las visitas, hasta el año que viene amor, ¡qué crisantemos más hermosos has puesto en mi lápida! A las seis suena una campana sin vida. A las seis la multitud regresa a sus oficios sin reparar en que las raíces de los cipreses se riegan con las lágrimas de los que se quedan cuidando el vientre de la tierra. La penúltima claridad, exangüe, de la tarde, muere en los mármoles como un suspiro sin labios. La última brazada del sol se aleja y esa ciudad regresa al vacío de siempre.

Por eso, el dos de noviembre, casi a hurtadillas, intentando no molestar, suelo visitar a mis muertos. No tengo otra pretensión que hacer verdad aquella frase que decía al principio de Ciceron, que mi recuerdo los haga vivir. Y allí, desde mi soledad y sus soledades, con ciertas palabras de Proust clavadas en mi mente, me da por pensar que acaso la nada sea la única verdad y no exista nuestro ensueño: pero entonces me digo que esas frases musicales, esas nociones que en relación a la nada existen, tampoco tendrán realidad. Me digo, claro, que pereceremos; pero también siento que nos llevaremos como rehenes sensaciones cautivas que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parecerá menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable.

O en todo caso, razono con Sócrates que hay fundamento para esperar que la muerte sea un bien. Porque una de dos: o quien muere queda reducido a la nada y entonces ni siente ni padece, o, como dicen, la muerte es un cambio de morada, un tránsito en el que el alma se traslada de este mundo a otro. Otro mundo, claro, en el que, como ha dicho el Papa, ya no existe el infierno. Menos mal, sólo faltaría que después de esto venga algo peor. Joé.

Últimas publicaciones

EL SUEÑO DE LA VIDA

EL SUEÑO DE LA VIDA

PERSISTENCIA. En cualquier rincón de cualquier lugar del tiempola oscuridad busca mi nombre,y tiene un juego de recuerdos que busca mi nombre,los días se pierden por los pasillos renacidos como olaso poemas subidos al lomo de los pájaros,las adelfas y ...

[Ediciones Hiperión, S.L.]
ISBN: 878-84-9002-055-5

EL SUEÑO DEL AMOR

EL SUEÑO DEL AMOR

V. Cuando me abrazas todo es sereno en mi cabeza doliday la angustia se cae de la almohadaal recipiente donde hierve la luz de la ropa sucia,. cuando me abrazas se pierden los voraces pensamientosy siento que estoy tan dentro de ti amor que te consumo...

[Ediciones Hiperión, S.L.]
ISBN: 789-84-9002-035-7

EL SUEÑO DE LA MUERTE

EL SUEÑO DE LA MUERTE

FINAL. Si me pides el corazón, te lo daré entero. Si me pides los recuerdos los escribiré y los pondré encima de una bandeja con su silencio cortado, para entregártelos y que luego puedas hacer con ellos los que quieras, imaginarlos dentro de ti por ...

[Ediciones Hiperión, S.L.]
ISBN: 978-84-9002-011-1

DIOSES DE FUEGO Y AIRE

DIOSES DE FUEGO Y AIRE

Dioses de fuego y aire es un libro para los que aman el fútbol, y también para los que aman la literatura. Un libro para gozar de historias, sensaciones, pasiones y nostalgias que, transformadas en palabras, nos demuestran el enorme valor social del f...

[Editorial Eneida]
ISBN: 978-84--15458-23-4

Si desea recibir información de esta página: