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El bostezo

05/01/2000

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El primer segundo del día uno del llamado nuevo milenio -vale, ya sabemos que el asunto comienza el uno de enero del 2001, pero para el caso es lo mismo- me pilló bostezando. Fue un bostezo milenarista por supuesto, como corresponde a la estética al uso. Pero al fin y al cabo un bostezo. La verdad es que los organizadores de las tracas apenas se apiadaron de nosotros. Nos machacaron los ojos con idéntico desparpajo que en el milenio anterior. Bostezamos como siempre, nos dormimos como siempre, y tanto color apenas si pudo conceder a la retina un ápice de gusto.

Mientras se me abría la quijada, y me sujetaba los párpados con grapas de dulce mazapán, no pude por menos que decirme: aquí parece que nos van a tener otro milenio con el mismo traqueteo. Por supuesto, Canal Sur fue la cadena menos imaginativa del panorama nacional, como en el viejo milenio. Así que Cremades salía o entraba los labios se me abrían un poco, y cada vez que algún pizpireto reportero machacaba la noche con las primeras preguntas más tontas sentía que las sábanas me estaban llamando.

En tanto, señores, una cancioncilla sosa me martilleaba el cerebelo: Cremades 2000 es igual que Cremades 1999, otros mil años con el flaco. Pero el asunto más raro es que al cabo de varios minutos el bostezo seguía pegado a mis labios. Me era imposible cerrar las mandíbulas, aunque sólo fuese para volver a bostezar otra vez.

Así que, miren que extraña escena para un nuevo milenio: un tipo bostezando frente a Cremades, el milenio echando humo, las calles mojadas, el mar oliendo a ginebra. Faltó un fotógrafo para plasmar instante tan sublime.

Ahora bien, como decía aquel optimista irreductible, todo es susceptible de empeorar con el tiempo. En efecto, pues han pasado varios días del nuevo milenio y sigo con el mismo bostezo. La verdad es que esto es un completo fastidio. Apenas puedo hablar a la gente, besar a la novia, beber finos en la tasca, salir a la calle sin que la gente repare en esta pose bucal. Me siento poseído por un hechizo maquiavélico.

He vuelto a ver a Cremades, por si acaso volviendo a la escena del crimen se pierden sus efectos sicológicos. Pero nada, ni por esas. Cada vez que me pongo enfrente de la tele, con la boca abierta, y miró nuevamente a Cremades, el asunto empeora. La boca se me abre un milímetro y medio todavía, como si fuese posible. Me llegan ya las quijadas a las cejas. Y lo peor es que pienso que igual estaré en esa pose todo el milenio. Qué incomodidad.

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