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Climax

08/03/2000

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Después de bastantes meses de campaña se acerca el final. Estamos frente a la frontera definitiva. El candidato saca las últimas fuerzas de sus entrañas, se planta lozano ante los mitineros más irreductibles y reposa su aura en los linderos de la meta como un Moisés bajando eternamente de la montaña. En este estado de culminación egocéntrica el candidato normalmente no sufre. Es como una especie de argamasa parlanchina que ni oye ni siente. La adrenalina le sale por los poros casi sin rozarle, como una savia puntiaguda que horada el ambiente creando una presencia total en la escena.

El candidato escucha el himno, absorbe la música a dentelladas. Y la música sólo dice su nombre y su nombre se hace uno con la música quedándose el mitin enlazado en una sinfonía interminable. Le descoloca al candidato que la campaña se acabe, que finalice todo ahora, cuando le había cogido el gustillo a la cosa y siente que es posible vivir eternamente en brazos del clamor de los fieles. Le da pavor volver a los papeles y a los sillones, o enfrentarse al riesgo de ser derrotado y mirar a los furibundos seguidores con las manos vacías.

El candidato se siente como aquellos turroneros de feria que ya no conciben la vida sin ruido. El silencio es un estado anormal de la materia que configura una convincente inutilidad. Se ha acostumbrado el candidato al ajetreo cotidiano, al autobús invencible, a los besos de tornillo, a la inexistencia de la contradicción cerca de sus ojos. Recuerda el aliento de aquel militante que le arrancó un trozo de mejilla, y el susurro pestífero que le decía la palabra “presidente” en los tímpanos mojados.

Presidente, jefe, líder, numberguan, ayhatolat, las palabras le aprietan el estómago rescatándole un gusto indescriptible que siente preludio de una ausencia.

Las palabras emergen de un sueño sin fisuras, de un deseo escondido en la maleza del ayer.

El candidato tiene cientos de sudores en sus manos, y aunque se las lava una y otra vez, no se va el olor de la gente y se relame ese olor con una extraña sensación de pudor y de alegría. El candidato no quiere que la batalla se acabe. Hecho ya a la faena aguantaría meses y meses de campaña sintiéndose siempre cerca de un climax inagotable. Nadie lo percibe, pero le duele que las banderolas sean mañana un suspiro vacío en las avenidas, que su foto colgada de las farolas poco a poco se llene de musgo y desconchones amarillentos, de salitre infesto, gasoil y bruma.

Al candidato le duele que una melaza de sombra, al anochecer, vaya escondiendo su leve sonrisa.


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