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El ciego y el hermano

13/01/2000

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Imaginen una casa oscura y vieja, pequeña, casi una caja de cerillas. Imaginen una casa situada en el barrio anónimo de una ciudad anónima en donde vive gente anónima. Allí un ciego está sentado en un sillón, y a pesar del vacío de sus ojos, mira a un ser tendido en un camastro. El tendido no se mueve, está rígido y sucio, como si fuese un maniquí despreciado por unos grandes almacenes. Es su hermano. El ciego lleva dos días sentado y apenas puede moverse. Tiene una angustia profunda que le atenaza los miembros. Su último movimiento fue tocar el cuerpo tendido por si sus miembros fríos recuperaron el calor de la vida. Pero lo siente inmóvil, con el mismo olor a hielo que comenzó a sentir cuarenta y ocho horas antes, cuando sus dedos rozaron el último latigazo de oxígeno.
El ciego agudiza el oído por si acaso, de repente, nace una respiración inesperada. Pero sólo escucha el silencio y los lejanos ruidos de la calle. Lleva dos días sin comer y apenas si ha podido dormir más de una hora seguida. Lo que ha dormido ha sido a intervalos deslavazados, ajenos al horario de los sueños. Hay que tener en cuenta que para él siempre es de noche y no lleva balance del tic tac del viejo reloj que malvive en la mesita de noche. Poco a poco ha ido sintiendo, con el olor a hielo, una fetidez profunda que se eleva del camastro. Sabe que su compañero, su hermano, ya no puede moverse, que no puede acicalar su cabello blanco en la mañana, ni preparar el café como siempre, ni guiar sus pasos hacia la calle para iniciar la jornada de mendicidad por el barrio.
Si ya antes era un ser deteriorado, ahora, después de dos días de hambre, de silencio, de inmovilidad, frente al hermano muerto, parece un espectro desterrado que no sabe si seguir sentado en el sillón o diluirse poco a poco, hasta convertirse en cualquiera de las motas de polvo que la luz del exterior enciende y no muestra a sus ojos. Piensa que en cualquier instante de los días que lleva en esa situación podría haber abierto la puerta, y haber salido al portal a pedir ayuda a los vecinos. Pero nada quiere de ellos, está harto de esa lástima infructuosa que ha percibido desde siempre en sus palabras. Harto de su compasión superficial e inefectiva. Sólo el hermano que ya no existe se ocupó de su persona con la naturalidad del que comprende la desdicha. Y ahora, el hermano, está más ciego todavía, y él sólo desea entrar en su mismo sueño para seguir a su lado. Piensa en qué poco sentido tendrá vivir sin su Lázaro silente.
Al fin, la puerta se abre y el ciego oye voces extrañas que se lamentan de la escena. Se desmaya de hambre, de sueño y de desdicha y su oscuridad se vuelve más negra todavía. Horas después se despierta en un hospital, y lo primero que hace es preguntar si el hermano sigue tendido a su lado. Todo esto podría ser el argumento de una historia macabra. Pero no, no es fábula. Sucedió en un lugar, en un país anónimo, en una ciudad anónima y con gentes anónimas.

EL MUNDO, 12 de enero 2000

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