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De canes y de hombres

01/12/2000

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Yo tengo un pastor alemán que me demuestra a diario rasgos inequívocos de una diáfana inteligencia. Su mente funciona con una simpleza admirable, practicando un silogismo primario en el cual el alimento, la comodidad, el juego y la caricia son el norte existencial de su vida. Encajado en esos cuatro objetivos todo se hace en su cerebro con una tenaz eficacia, evidenciando un pragmatismo casi germano en el análisis de la realidad y la consecución de esos fines fugaces.

Ha aprendido, sin ningún tipo de previa educación, a relacionar los sonidos, los gestos, los olores, hasta el discurrir del tiempo normativo, con la presunción de la consecución del logro de esos deseos profundos. Si oye el rasgar chirriante del tenedor en el fondo del plato presume que es posible beneficiarse de algunos despojos del ágape, y se asienta al lado de la ventana, poniendo cara de lástima, y relamiéndose, llamando la atención con secos y suaves ladridos que nos dicen su deseo de participar en el festín. Si hablara, nos diría que cuándo llega su turno, aunque para nosotros su lengua canina goza de un castellano diáfano.

Por la noche suele pasar a casa y tumbarse en la alfombra, a mi regazo, protegido por la sombra del sofá, con las orejas dobladas para no oír las cotidianas estupideces del tubo brillante. Luego eleva su morro por si está en mi intención acariciarle suavemente el tabique nasal, manoseo que le encanta. Si lo hago, emite gemidos melosos, entrecerrando los ojos, sintiéndose el rey de la vida.

En su casi germana y esquemática visión de la existencia, el perro sabe que depende del hombre. Del alimento, del agua, de las caricias, de los paseos del hombre. Por eso se entrega sin reticencia a los deseos humanos. Se hace émulo del amo hasta en la forma de andar, y se muestra como el alumno aplicado que no discute las ordenes. Si le enseñas a morder muerde hasta dejarse la dentadura en la pieza. Si le enseñas a atacar se abalanza con una irreprimible fiereza. Si le enseñas amor, cariño, serenidad, dulzura y le reprendes los actos prohibidos, rezuma como un niño y se enreda en las piernas pidiendo perdón. Entonces su instinto de fiereza se duerme, o se queda tan sólo en algunos ladridos ostentosos al extraño que desaparecen cuando pone sus narices oscuras en el sudor del visitante.

A este amigo elemental y fiel, obsesionado con cumplir los deseos del amo, hay gentuza que le obliga a agarrar la presa hasta la muerte. A veces se habla de sacrificar canes, aunque no sé yo a quién habría que sacrificar.

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