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Reyes del mambo

21/04/2004

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Si miras la portada del El Mundo de ayer te pega un latigazo en los ojos el sonado vestido de Carmen Calvo. No sé si será ese justo medio estético –de nada demasiado, decía el clásico- para caer bien a la roja farándula y a la portada de los periódicos que ve la clase media. Ahí dicen que está la frontera del utilitarismo. En eso de parecer moderna y libertaria sin asustar al electorado centrista, que en el fondo suele ser conservador hasta cuando vota a los socialistas. Por eso creo que Carmen Calvo llegó a la conclusión de que como Ministra de Cultura debía llevar el vestido más llamativo de todas. La cultura es llamativa. Y también de que a la vez el blusón y faldellín deberían tener ese toque burgués que desprende inevitablemente el poder. Por eso Calvo parecía una Vaquerilla de la Finojosa recién venida de ordeñar pero pasada por el toque de los mejores diseñadores del momento, que poco más que un soplido le dieron a la vestimenta, según se veía de holgada. La verdad es que Calvo, con esa falda color vaca sin lavar, que parecía hopalanda, consiguió atraer más miradas y teleobjetivos que el propio Zapatero. Y no supero en expectación a Bono porque el manchego no pudo vestirse de lagarterana para salir también en la foto del presidente con las féminas. Cuentan las buenas lenguas que tuvieron que decir al valiente político una hora falsa para que no se presentara en la escalinata de la Moncloa de tal guisa. En fin, habladurías.

Pero lo que sí es cierto es que el patriota ministro prohibió a Carmen Calvo que fuese a su toma de posición para que no le hiciera sombra. O al menos, que si iba, que se cambiara tan espeluznante vestido. Y que si no y se presentaba de vaquera ilustrada él se vestiría de Geo para dar el discurso y que cada uno se lo hiciera en su ministerio sin joderle las fotos al prójimo. Así que Calvo no fue y se conformó con chuparle cámara al presidente luciendo tan rurales arrapiezos, tan destellantes, que sólo le habrían faltado borlas y faralaes para rozar la perfección. Ella, con el ego zampando fotos como bollicaos, era una especie de lujuria medieval o pastoril. Dejó por los suelos la habitual gigantesca botonadura de los pijamas o batas con que se nos vestía Pilar del Castillo. A su lado, la pepera es como una barby prehistórica. Y ella, una madelwoman de la sierra. Sólo le faltaba el trabuco. Ya digo, junto con Bono y su concierto modernista fueron los Reyes del Mambo. Los demás ministros parecían del servicio o que se habían creído eso de la tranquilidad. Ea, en todos sitios hay quien tira los cohetes.

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