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Las neuronas del alma

07/04/2004

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Se decían en la antigüedad definiciones hermosísimas del alma. O quizá mejor sería decir enigmáticas, sobre todo desde ese concepto espiritual de la belleza que aterriza inexcusablemente en el enigma. Y así, aunque los filósofos se devanaban los sesos en conocer lo incognoscible, siempre dejaban un camino para que transitara la fantasía del pensamiento y nos asentara cerca de la orilla de los sueños. Y desde ahí, cada uno de nosotros soñábamos nuestra alma. Unos la de Diógenes, esa porción de la misma sustancia de Dios, y otros la de Anaxágoras, un espíritu aéreo inmortal vagando por las nubes. En el fondo, soñábamos una aspiración inmaterial, inmortal, casi a la carta, pues como decía Voltaire, por espíritu sólo podemos entender algo desconocido que no es el cuerpo.

Pero hoy ya no es así, desgraciadamente. El empirismo, la ciencia, la realidad, no nos dejan que soñemos el alma. Hoy la ciencia, en maridaje con la filosofía, o mejor con la metafísica, ve el alma llena de neuronas. Es una especie de cubículo cerebral en el que danzan los sentimientos provocando las correspondientes reacciones bioquímicas. Lo decía ayer en este periódico Patricia Churchland, una de las mayores especialistas del mundo en neurociencia: que el alma es un estado mental y que por consiguiente es un proceso cerebral mediatizado por los correspondientes procesos bioquímicos y ambientales. El alma nace y se hace. Es lo que se llama la teoría triárquica de la inteligencia, desarrollada por Argibay, que incluye el contexto interno del individuo (sus capacidades), el contexto externo (el ambiente donde se desarrolla) y la interacción entre ambos. El alma es puro cerebro. Lo demás es la nada.

Y aunque sea verdad este descubrimiento –que no sabemos, porque habrá que ver si no lo anula otro- es una pena. Desaparece el enigma inmortal. Nos apresamos cada vez más en la materia. Porque entre que el alma sea una quinta esencia etérea, como decía Lucrecio, a que sea una red de neuronas que contiene la ética y los sentimientos humanos va un abismo. Francis Crick, premio Nobel en el 63 por el famoso descubrimiento de la doble hélice del ADN, con su obra “La búsqueda científica del alma” inició la neurofilosofía, esa disciplina que pretende aniquilar los pocos dioses griegos que quedan. Joder, nos apresan el alma en un tubo de ensayo. Nos la escanean como un ratón, para descubrir esas vértebras que la historia guarda en el polvo de los sueños ocultos. En fin, que si el alma son neuronas, que sea, y esperemos que lleve razón Platón y sean neuronas eternas.

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