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El candidato

09/06/1999

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Cierta tarde en que las sombras empezaban a ahogar las viñas y los olivos, estando mudo en el paisaje como una estatua sincera, sentí un malsonante altavoz que se acercaba desde lejos. El ruido rompió la incipiente penumbra, y luego apareció una luminosa caravana, como si emergiera de los angostos olivos. Al frente de la caravana feliz venía el candidato. Lo conocí porque tenía el rostro de un tipo que estaba colgado de una farola cercana. Parecía fatigado y famélico. Su escaso tupé era lo único que daba orden al rostro. Después, el candidato, con una sonrisa de presentador televisivo, se acercó al umbral de mi casa.

Buenas tardes, soy el candidato, me dijo mientras me entregaba un díptico sudoroso. ¿Es usted ese que cuelga de la farola?, le espeté. Por supuesto, me respondió clavándome sus ojos brillantes, soy el que sueña la ciudad. Le daré una frase de Camus, candidato, le dije: “Hay que saber entregarse al sueño cuando el sueño se nos entrega”. El candidato meditó un instante la frase. Entregarse al sueño, claro, mi sueño es una ciudad próspera, me respondió antes de que su tropa rompiera a aplaudir.

Y luego, de repente, en un intermezzo milimétrico, apareció una voz civilona que nacía de la ventana de al lado. ¿Quién me llama? Era mi vecina, Próspera, que al oír su nombre, fue tanta su urgencia, que nos mostró su cabeza con los rulos enhiestos y el bigote de cera humeante. El candidato observó la aparición y al percibir que dos éramos multitud, se retrasó unos pasos, agarró la alcachofina y nos relató el programa electoral.

Próspera se entregó con todo su armamento. Yo descubrí el placer en dormirme con los ojos abiertos mientras el candidato nos decía su salmodia de propuestas audaces: recuperar el juego de la pídola, poner una calle al consejero dadivoso, farolas de colores, la beatificación de Zarrías, que un día a la semana las fuentes expulsaran manzanilla o tener varias semanas santas al año, entre otras.

Oía al candidato entre mi sueño. Era su sueño frente a mi sueño. Y en un relente de lúgubre lucidez, le dije, ¿y por qué no propone también nombrar a Lopera hijo histérico de Andalucía? El candidato me miró sorprendido. Me gusta, me gusta, dijo después, lo añadiré al programa. Y se marchó con la tropa hacia otras penumbras. Próspera se quedó como en una estancia eterna de placer, mirando la espalda del líder. Quise despertarla. Oiga Próspera, le dije, no se ilusione, a pesar de que ha aceptado mi propuesta, nada invita a amar al candidato.

Ya las sombras habían ahogado las viñas y los olivos.

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