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El aguinaldo

23/12/1998

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La niebla rodeaba la conjura. Labios fríos, cuellos escondidos en bufandas, manos ocultas por guantes. Preparábamos el recorrido por los barrios cercanos, luego las lindes del centro hasta acabar en la fuente con los bolsillos llenos de monedas. Las canciones levantaban el frío de los huesos. El calor de las dádivas encendía húmedas sonrisas. Nuestros instrumentos rudimentarios -botellas de anis, zambombas viejas, casrrascas estruendosas- se peleaban con otras orquestas vagabundas que invadían las calles. Éramos una banda de invierno llamando a las puertas anónimas. Dame el aguinaldo carita de rosa, que no tienes cara de ser tan roñosa. Las puertas se abrían, y nos saludaban unos rostros felices. Nos trataban como a los heraldos de una batalla victoriosa. Comíamos sus dulces, bebíamos su anis, devorábamos los pestiños, los polvorones, los bombones oscuros, todo ordenado en una pulcra bandeja orgullosa de su abundancia. Cantábamos un minuto, hasta que la dádiva se hacía presente, unas cuantas monedas que calentaban la helada faltriquera.

Después descendíamos las callejuelas que desembocaban en el paseo central, deteniéndonos en las puertas que recordábamos generosas de años anteriores. El rito calentaba la bruma nocturna. Las luces del paseo parecían parpadear como si fuesen aplausos destellantes, bises luminiscentes del tiempo. Carita morena, dame el aguinaldo. Las mujeres sonreían con ternura, se alisaban los mandiles, ordenaban el rimmel de la noche y aguantaban estoicas la fugaz y chirriosa serenata. Eran las diez cuando llegábamos al paseo central con la bolsa rebosante. Dábamos una vuelta por los puestos de fruslerías, por las tiendas rudimentarias que se habían asentado, como jaimas del viento, en el regazo de los árboles, vendiendo bromas impías que reinarían en el día de los santos inocentes.

El anis endulzaba nuestros cánticos perdidos, descubría ruidosamente un amor solidario en la pobreza, nos abrazábamos bajo la música del denso sonar de las vivaces monedas del aguinaldo. En el paseo nos fundíamos con otros grupos de ruidosos peticionarios. Nos internábamos en el tumulto de la Nochebuena, saludando gentes desconocidas, todos ebrios, disponiéndonos a seguir después de la cena hasta la fría madrugada, esa que vendría con la niebla rota por las luces, vestida por las canciones colgadas de los árboles, oliendo a coñac y a ginebra, con un rastro de sucios polvorones por el suelo.

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