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La ruta de la muerte

20/06/1998

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Parece el título de un filme de Stephen King o de Lovecraf. En sus palabras se presienten agónicas escenas de penumbra, faros de automóviles estancados en las carreteras bajo una neblina otoñal. Puede ser el nombre de una portada en la cristalera de un kiosco, unos labios aterrados que gritan queriendo salirse del Comic. Huele a sueño luctuoso, a miedo intacto arropado por el silencio en un largo viaje en tren, mientras un cuento de Poe agarra las entrañas con sus palabras amargas. La ruta de la muerte. Imaginas un escenario de árboles secos retorcidos en los andenes de una carretera sinuosa, una senda que se pierde por un paisaje de negras montañas, que se va escondiendo en la lejanía de los pantanos llenos de brezas heridas. Imaginas el cielo con sus galas de agria negritud, y los gemidos ahogados de los animales errantes, y los chasquidos profundos de los prisioneros del tiempo, y las cortinas del frío que se van apoderando del crepúsculo. Parece el título manoseado de incontables filmes que han abusado del efecto demoledor del ensamblaje vital, el camino y la muerte, el viaje y el destino, ese cóctel elemental de la vida. Podría ser una fotografía llena de telarañas en un desván vacío. Podría ser una imagen abandonada en el portal de un siglo extraño que huele a pañuelos solitarios. Podría ser el título de un documental que narra el viaje de un ejército de hambrientos a los campos de refugiados en cualquier país de la áfrica agónica. Podría ser, pero no lo es. Es el nombre de una carretera de quince kilómetros en los secarrales andaluces, entre Motril y Bailen.

Un trecho de curvas oscilantes y de vaivenes alambeados en donde hace unos años vibró la muerte con su danza imperturbable. Allí murieron sesenta personas en cinco años. En los alrededores, durante la vigencia de aquella agónica ruta, aumentaron los negocios de chatarra y las pompas fúnebres no daban a vasto. Era una ruta traicionera: señales que permitían velocidades inadecuadas, pavimentos deslizantes, curvas sin visibilidad, peraltes borrascosos. Durante cinco años hubo 240 accidentes. Y nadie ponía remedio. Iban pasando los años y las muertes, y la carretera no cesaba de cobrarse su tasa de vidas anónimas. Hasta que el juez Hernandez-Carrillo, en el 92, cuando las tijeras de las inauguraciones culminaban su rasgar enloquecido, hastiado de levantar cadáveres evitables, decidió acabar con el matadero infernal. Y comenzó a investigar. Mientras tanto los trenes transportaban el fétido olor de las comisiones y el sur parecía una amplia iglesia escuchando el sermón de la historia.

Pero la ruta de la muerte, apoyada en el zarzal de la chapuza y el imperio de la ineficiencia, ponía con su cincel de diamante, los epitafios desgarrados. Acostada en el envés de la retórica hermosa, la ineficacia iba escribiendo su pliego de muertos. Los buitres seguían engordando: constructores ávidos de riquezas fáciles, políticos corruptos, funcionarios que defendían su pecunio. Parece el título de un filme de Stephen King, pero no lo es, aunque se intuyan faros de automóviles destrozados bajo la niebla del invierno. Es el nombre de quince kilómetros de una carretera de Andalucía, una senda abrupta en la cual todas las miserias del desorden subdesarrollista se confabularon para que fuera llamada La ruta de la muerte. Hoy es una autovía. Los automóviles transitan tranquilos. Aunque, seguro que cuando algún viajante trace los grados de la curva amortiguada, dirá al copiloto, que allí antes se mascaba la tragedia.

No, no es el título de un filme de Stephen King. Es el titular de otro sumario que aguarda a que suene el mazazo lento de la Justicia.

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