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El laberinto cruel

10/03/2004

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En la penumbra íntima de los juzgados huele mucho a lástima. El polvo de los legajos suele agriarse con las lágrimas lejanas. Y los ojos miran a la diosa ciega pensando en que por qué tantas veces no tiene corazón, por qué vive en otro mundo diferente, en un espacio de palabras que crea su propia realidad confusa en el vacío. Nos preguntamos si en el pecho de la justicia se alberga la piedad. Si cuando el escriba que decide sobre las vidas y las haciendas pone su firma mira los destinos de tantas sentencias y providencias y autos y deshaucios que vuelan por los aires para clavarse como un proyectil en los pechos desvalidos. Porque demasiadas veces la justicia produce el desamparo cuando en las letras perdidas dice que busca lo contrario. No es una balanza, es un mazo. A veces un puño que rebota en las corazas de los poderosos y que con su empuje derriba la alegría de los débiles. Porque en la justicia la verdad no es un concepto, es un método de demostración, una musculatura letrada que vuelve lo blanco negro y lo negro blanco sin pudor. Es una pericia aprendida para saber vivir en el laberinto y encontrar las salidas ocultas, los descansos, las zonas ventajosas o incluso la salida final.

Y dichosos, por supuesto, los que puedan pagar guías expertos o jurisconsultos atrevidos para ir por tan extenso y complejo laberinto. Y los que no, pues que se tienten la hacienda si no pueden seguir aquel consejo de Quevedo que decía que el mejor jurisconsulto es la concordia. Porque, par diez, no sé por cuántos millones los albertos o los jefes de los bancos o de las multinacionales desvían, paran, atrapan, destruyen los autos y las providencias, y a veces, por cuatro perras, el que nada posee le quitan lo poco que tiene. No sé cuantas barbaridades y tropelías lingüísticas y financieras del hosco Gil duermen llenas de musgo en los sótanos judiciales, en papelujos senescentes llenos de olvido, y en cuanto don nadie se equivoca no pagando 39 euros le echan de su casa con la policía y la lástima puesta, con la fuerza del ordena y mando irrevocable, con la firme decisión del que ha de cumplir la ley. Al final, el problema no son los 39 euros, sino el desamparo de la ignorancia.

¿O acaso vio algún habitante del Juzgado 12 de Sevilla a una anciana perdida por sus laberintos? Una anciana con gafas culo de botella, amargura en los ojos y desamparo en sus entrañas. Tiene 86 años, Alzheimer y el corazón gastado. Se equivocó en las cuentas con los euros y pagó 39 de menos al casero. Y ahora el tipo la echa de la casa. Joder, qué crueldad.


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