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Gente sangrienta

12/02/1997

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Cuando Jon Bienzobas, Alias Karaka, con la frialdad de un ser sin corazón, disparó un tiro en la sien a Tomás y Valiente hice propósito de no volver a escribir sobre ETA ni Herri Batasuna. Simplemente había llegado a la convicción de que todos los zurriagazos gramaticales que unos y otros les endilgábamos quizá los engordaba de satisfacción: el batasuno aprecia el desprecio del español.

También pensaba que tanto retruécano sobre su indigna y sombría esencia, tanto lujo literario por definir la materia escatológica de sus molleras quizá hasta pudieran agradecerlo, prietos en el convencimiento de que somos conscientes de su intensa brutalidad y penuria de intelecto, lo que es consustancial a su propia realización como personas. La verdad es que, después de cada atentado, ante la cascada de declaraciones, columnas, sermones y esfuerzos de disección incisiva sobre la ausencia de sentimientos de esa gentuza, manifestaba mi certeza sobre la absoluta ineficacia de las interminables peroratas. Hasta pensaba que el furor descriptivo sobre la bajeza de esas alimañas vascas, satisfaría sus ansias de protagonismo.

Qué felices viéndose en las portadas como si fueran asesinos en serie. Así que pensaba que de mi parte ni un gramo más de atención. Además, al fin y al cabo, qué me iba, desde mi paz sureña, tanta metralleta, tanta papelera quemada, tanto humo, cristales rotos, autobuses volcados, rebaños de energúmenos con los ojos sin pupila de las calaveras, como decía Mefistófeles.

Pero, en fin, ha venido este triste lunes. El terror matinal de la ETA en Granada contra la gente sencilla. La reaparición del sanguinario Karaka, otra vez disparando a la sien de un inocente. Sangre y más sangre en las aceras tranquilas. Qué asco de gente miserable. Creo que el silencio es imposible. Y más, al ver a dos mil caníbales en la villa Ellorio, mas del 25% de los habitantes, recibiendo al etarra Arazamendi con los bertsolaris cantando sus épicas hazañas asesinas y los danzarines bailando un aurresku entre el griterío de una irascible turbamulta que coreaba a ETA y pedía la muerte de Ortega Lara. Más muerte, sólo muerte. En tanto, el féretro, con ese marrón frío de todos los féretros, avanzaba entre las hileras de ikurriñas como por un revuelto océano de sangre. Habrá que luchar contra mentes tan inmundas, aunque sea con la palabra, aunque no seas vasco. Hasta por los vascos.

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