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Guerra o el futuro

09/11/1994

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Aquí el único que piensa en el futuro es Alfonso Guerra. Quizá sea un efecto de este desarme moral del momento, este culebrón financiero que satura las rotativas y que nos deja vibrando en un existencialismo improductivo. O de ese imperio de la razón pragmática que ha impuesto la obsesión electoral en los partidos. Al socialismo, el mercader Pujol lo puso en el escaparate de las rebajas ideológicas merced al concepto, mitad popperiano mitad solchaguesco, de sustituir el Estado del Bienestar por el bienestar del liberalismo. Sólo Guerra mira el bosque desde lejos.

La derecha nuestra, por ejemplo, ex-derechona y ex-esclava de las cavernas prehistóricas, ya no cita a Friedman ni sigue inmersa en ese tacherismo del ayer. Tampoco quiere privatizar las fuentes públicas. Está apegada a lo concreto, que no es sino pisar cuanto antes los mármoles monclovitas. Y por tanto, más importante es la acción que el pensamiento. Después, dios dirá, que siempre en la historia dios ha iluminado a los conservadores.

Ahora, sólo Guerra nos mira allende el milenio. Antiguas ya, gracias a los lejanos debates monacales de Javea, las presunciones de esta era, "El Programa 2000" ahora pone su sagacidad diseccionadora a vislumbrar la primera década del siglo que se acerca. "Programa 2010" es el próximo arrebato ideológico.

Sí, ¿pero qué dicen los con trinchantes de este órdago temporal?

Los nacionalistas, poco que decir de su afán por asuntos del espíritu, bastante tienen con contar las habas y con ordenar las rentas conseguidas en dos años de cosecha inagotable. De los sindicatos siempre se ha dicho que actuar es lo que importa y más vale un tres y medio por ciento para el año próximo que arcangélicas elucubraciones sobre cómo será el obrerete del mañana. Los empresarios, ya se sabe, no dejes para luego los beneficios de ahora.

En este tiempo tan moderno quien no tenga un Plan Estratégico bajo el brazo, o mejor, el Plan Estratégico, pues todos son uno, no le permiten atesorar canapés en actos institucionales. Y los empresarios son los únicos que no creen en esos mamotretos intratables, pues más vale contrato en mano que diseño volando; además, con lo difícil que se ha puesto hacerse rico una vez se fue Solchaga, haber quién arriesga los ahorros. Pocas cosas nos cuenta Cuevas más allá de reducir la presión fiscal de las empresas y liberar el despido. Solo Guerra se eleva de tanto devaneo mesetario.

Anguita, el lobo tenaz, feroz hostigador del socialpragmatismo ya escribió su evangelio hace años. Y ahora, como San Juan Bautista, lo va declamando por las plazas y pueblos de esta malherida Celtiberia. Nos quedan los politólogos, pensadores, poetas y demás estirpe profunda de la patria. Pero estos pintan poco y, excepto los poetas que andan escondidos suprimiendo comas por la mañana que vuelven a poner por la tarde, apenas tienen tiempo para indagar en la sustancia, con tanto artículo diario, tanto Chou televisivo, tanta ágora radiofónica, tanto Best-Seller financiero.

Lo más florido de nuestro Parnaso nacional, las células cerebrales más dotadas de la tribu han caído en manos de Lara, mecenas de verbo oscuro que, como es conocido, mide la rentabilidad de las publicaciones de manera inversamente proporcional a su peso en ideas y profundidades poco ajustadas al mercado.

Muerto Asimov sólo nos queda Guerra para otear el devenir. Tiene las dos condiciones necesarias para ser nuestra avanzadilla en el siglo venidero: ociosidad y perspicacia, no exentas ambas de las suficientes dosis de aventurismo que requiere empresa tan enorme. Habremos de agradecerle a González que un día decretará la inexistencia de las clases sociales pues como efecto más inmediato, además de la felicidad colectiva, se hizo innecesaria la asistencia de un socialista combativo como Guerra a los Consejos, obteniendo el tiempo libre tan necesario para que produzca el pensamiento, tal y como nos cuenta Sempran, perdón, Federico Sánchez, en su libro-despedida.

Nada debe importarnos este tiempo acrítico, materialista, individualista, insolidario, amoral, grosero, agnóstico, atemporal y concursero. Éste finstro de época pecadora. Alfonso Guerra permanece vigilando los ejes del mañana, oteando el devenir, inmerso en su laboratorio sociológico para darnos las pautas del futuro. El siglo no está maduro para mi ideal. Ya vivo como un ciudadano de los que vendrán, que dijo Schiller.

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