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El ausente

19/11/2003

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Sueña uno con sentarse en la presidencia y que las luminarias de los periodistas enfoquen a esa esencia que representa. Allí hay un rostro, como todos, pero que tiene un brillo distinto en los ojos, el del cristal que limpia la primavera. Sueña uno que sus palabras tengan el sonido de la multitud, que nunca sean débiles porque nunca estén en la soledad del invierno. Tiene uno esa calma de penate que se sabe elegido, un dios de carne, guadaña y martillo que se hunde en la historia como un delfín en el agua y emerge hasta tocar las nubes de los sueños que se hacen posibles cuando las gentes se ponen el traje de votar, de domingo y vida. Ah, se dice uno, por qué no poner durante un instante gesto cardenalicio, manos en cuenca para recoger las voluntades que el manantial del pueblo lanza y sienes para gozar los laureles del emperador del mayor imperio de la historia, el de la democracia.
Uno es responsable de que no le rodee un ejército de voluntades perdidas. En la democracia suena el inmenso canto coral de lo diverso. Las voces rasguean las urnas como deseos de humo o escriben esa sinfonía que luego tendrá que interpretar la orquesta del parlamento. Y uno es el director de esa orquesta y lee que un periodista escribe que ni el más rico, ni el más afamado, ni el más poderoso político debe de ser más importante que el presidente del parlamento. Ni siquiera los artistas creíbles o los trogloditas de las ondas que aquí abajo capitanea Gil y Canal Sur reúne en Aquelarre de neuronas.

Pero, cachi en diez, resulta que uno es un tipo anónimo, casi desconocido, un becario del imperio, el mueble que la costumbre vuelve invisible. Resulta que esas posaderas que tienen marcado a hierro candente el beso de la mayoría, están tan marmóreas que huelen a anónima estatua de templo griego. Quizá, antaño, la democracia tendría que haber cogido a Canal Sur por la pechera, y enseñándole los dientes, haberlo vestido de pedagogo y no de harapiento mendigo de zafiedades. Y así ahora, el presidente el del parlamento no sería Chaves para más del 50% de los andaluces; y lo que es peor, bananero o canalsuresco, más del 80% no ignorarían para qué sirve el propio parlamento. El estudio que han realizado las asociaciones de vecinos pone los pelos de punta y encoge el corazón. La democracia es un rito que busca a sus sacerdotes perdidos en el voto cautivo, el bostezo y el anonimato. Dicen que el parlamento está enrocado. Sí, enrocado, o enroscado, lleno de banderas plegadas, atriles sin ventanas, voces sin oídos y con el mando vencido a la ignorancia, que es el peor enemigo. Uno preside y cree que es el icono y luego resulta que es el ausente.

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