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La bolsa y la vida

12/03/2003

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Martín Seligman, el padre de la sicología positiva, dijo ayer aquí que el dinero, a partir de un cierto nivel mínimo, no da la felicidad. Supongo que ese nivel mínimo a que se refiere el psicólogo está relacionado con el que garantiza la necesidad de supervivencia con cierta dignidad. Digamos con dignidad a secas. Lo que ocurre es que los conceptos de dignidad y supervivencia no son iguales para unos que para otros. En un caso será simplemente el mínimo para no pasar penurias. Y en otro, una supervivencia que sólo es posible en un mar de diademas, boutiques, automóviles y demás útiles que por más que sean innecesarios desde el concepto de la supervivencia, son necesarios desde la perspectiva de la innata ambición y vanidad humanas.

En consecuencia, ese mínimo monetario a partir del cual el tener dinero no da la felicidad, es tan relativo, que no sabremos nunca donde se encuentra la frontera íntima de la satisfacción financiera. Conozco algún amigo que nada en la abundancia, y juro por Las Brujas de Telecinco que es francamente feliz con sus llamativos automóviles y sus cenas sibaritas; si le quitaran esos yugos mundanales, esas coyundas monetarias, el hombre se moriría de angustias y ausencias. Sin embargo, otros que conozco igual de ricos, son infelices porque siguen esa máxima de Malcolm, el extraño moralista de Chakespeare, que dice que el deseo de tener más es como una salsa que diera hambre de más. En estos, como dijera Ovidio, las riquezas alientan el desenfreno de la lujuria y nunca están satisfechos con la abundancia de lo que a otros les falta.

Pero también entre los que tienen sus necesidades satisfechas y no andan sobrados de diademas y cuentas bancarias suculentas, encuentro ambas circunstancias. Quienes llevan la sonrisa del disfrute vital y quienes se reconcomen de dolor por la envidia, viviendo a todas horas en brazos de lo que nunca tendrán. Así, saco la conclusión de que la máxima de Seligman, que viene a decirnos algo tan estúpido como aquello de que los ricos también lloran, es producto de esos calentones de adolescencia que de vez en cuando tienen los psicólogos. Creo que en este asunto, lo único que hay claro, es que la ausencia de dinero produce la infelicidad; y que a partir de ahí, se tenga la bolsa rebosante o justa, la felicidad visita a los mortales con los ojos cerrados, sin orden ni concierto, en anarquía temporal, como si fuese un magma incognoscible del destino. En fin, que justos o sobrados, seguimos siendo el extraño enigma de la naturaleza. Pese a los psicólogos. Ea.

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