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La herencia maltratada

11/06/2003

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Como Aznar ha asomado su bigote al escenario, clamando contra la telebasura, pues mire usted que ahora TVE nos va a contar la historia de los millones de años de la raza humana. Cómo fuimos, cómo somos y quizá cómo seremos cuando las nieves del futuro ya no nos sean adolescentes. Y la verdad es que a mí el asunto me gusta. Soy de esos improductivos metafísicos que no dejan de preguntarse lo que en esta vida nunca podrá conocerse. Seguramente tampoco en la otra. Allí, a lo mejor, no existirán las preguntas ni las respuestas ni las neuronas ni la telebasura ni la vida. Sí, uno, que es un existencialista redomado, no deja de indagar sobre de dónde narices venimos. De qué microbio astuto, o animal irreverente, o monolito espacial, viene esta especie nuestra que es capaz de estar mirando diez horas al día, durante diez semanas, las andanzas amatorias de un pintoresco alcalde y una pasada tonadillera que tiene el horroroso nombre de Pantoja. Se dedica a este asunto más horas televisivas que a la guerra de Irak o a la catástrofe del Prestige.

Ciertamente, si han sido necesarios ocho millones de años para llegar del mono saltarín a Pocholo Martínez Bordiú, pues apaga y vámonos. Quizá dentro de otros tantos nos convirtamos en amebas babosas observando a cuatro pánfilos rascándose el sobaco. Un personaje de Shakespeare decía que la vida era una historia contada por un idiota. Es obvio que llevaba razón. Y Cristo que su reino no era de este mundo. También la llevaba, pues es evidente que el reino de este mundo ha devenido en una pastoral contada por holgazanes, mentecatas y gacetilleros chismosos.

Lo que más me duele es que se hayan gastado tantos años para esto. No dejo de preguntarme sobre qué pensarían de nosotros nuestros tatarabuelos australopitecus si nos vieran ahora, desgraciadamente divididos en yolistas y malenistas, en pantojarianos y zaldivarianos. Seguro que se volverían a subir al árbol y regresarían a las cuatro patas y agacharían de nuevo la cabeza para no ver en la llanura africana futuro tan prometedor. Aznar, que es un homo sapiens concienciado, sí ha visto futuro tan beodo. Por eso ha querido mostrarnos que en las verdes praderas de África no veíamos la televisión; que allí, entonces, apenas importaban los devaneos amatorios casposos y que no llevábamos la mochila para dar por culo a la tribu con su rotura.

Entonces éramos inteligentes, lógicos, racionalistas, realistas, analíticos. Si hubiera aparecido un Pocholo para alegrarles la vida a los homínidos, se lo habrían comido crudo, aunque quedaran colgados.



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