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UNA HISTORIA DE AMOR Y ODIO

26/10/2017

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El otoño asoma sus huellas tristes por la frontera del verano. Los días todavía son largos y da tiempo para llenarlos de noticias llenas de sombras y luminosas percepciones de algo que cada vez estamos más lejos de conocer, que es el interminable lío de Cataluña. Desde la lejanía de La Mancha, donde escribo, una luz tenue y otoñal pasa por los gigantescos cristales de mi buhardilla y se estrella, llena de vida, sobre los mapas tirados sobre la mesa, las notas de Cataluña, los reportajes publicados, unas cuantas libretas llenas de apuntes, una torre de libros catalanes, en la que destacan Pla, Gaziel, Maragall, Cambó y Prat de la Riba, y la mochila adormecida en un rincón, que al recibir la luz del sol, me muestra el deseo de volver a respirar el viento libre de las montañas, las hermosas calles de piedra de Girona, las calas recónditas, las avenidas luminosas de Barcelona o Tarragona.

Mientras escribo recuerdo al mar azul del Ampurdán, el cielo blanquecino del amanecer en La Escala el día que conocí el rugido y la fuerza de la tramontana. Me viene a la mente la espaciosidad del golfo de Rosas visto desde las montañas cercanas a Cadaqués, o desde el paseo marítimo, donde las grandes olas muertas dibujaban un silencio en el que la suavidad exquisita del golfo dejaba en los ojos el espejo de una gran belleza.

En la Mancha, al amanecer, suele verse una palidez limpia que se dibuja ingrávida por la gran llanura. La luz opaca se disuelve en el cielo poco a poco hasta que el azul inmenso lo devora todo. Pero recuerdo de mi viaje a Cataluña por la Costa Brava una neblina en el alba que parecía salir de los libros de Pla. El aire de perla gris del amanecer o el azul desvaído del primer cielo del paisaje brindaban por la existencia.

Los horizontes, absorbiendo la neblina con sus brazos de lejanía, se dejaban apresar por un poema de Maragall esperando la tristeza de la noche. La palidez azulada del aire se volvía después verde oscuro, cuando la respiración de los pinos lanzaba su vaho al viento. Ese vaho de la naturaleza generosa, al cabo sin aceptar otra dominación que su libertad, envolvía las palabras que los separatistas me dirigían en Aigua-Xelida.

Me hablaban con una ira que se comprimía en la palabra España y yo no lo entendía, sobre todo porque aún lucía en mi mente ese impecable artículo que escribió Gaziel el 21 de diciembre del 1934, analizando la fallida declaración de independencia del 6 de octubre contra la República.

Llegué a Aigua-Xelida con mi amigo Pere, un abogado que había recorrido todos los estamentos de la izquierda, y ahora vivía en la cárcel de un voraz separatismo y una injusta plática de agravios y desdenes de España. Quería ir allí no solo porque la cala pareciera arrancada del paraíso y transportada a la tierra por un coro de dioses generosos. También porque en ese recóndito lugar, reo del agua cristalina y la piedra desnuda, era donde se refugiaba Pla con su amigo Hermós del mundanal ruido de Calella y de las otras playas del litoral. Buscaban huir del mundo para encontrar un tiempo taciturno lleno de la esencia del alma en la meditación y de la contemplación de la belleza.

Cuando llegamos a la pequeña cala había tres parejas. Dio la casualidad, que es experta en enmarañar lo ordenado, que Pere conociese a una de ellas. Eran Joan y Anna. Él dermatólogo y ella farmacéutica. Ambos de cuerpo pulcro y lengua educada, pues a pesar de ser más independentistas que el aguerrido Rufián, al conocer mi castellanía, apenas usaron una sola palabra del catalán. Sin embargo, su furor independentista, su certeza de que la desconexión sería un hecho, y de que España era tan caótica que no sabría defenderse de ella, los volvía de una soberbia punzante.

Ellos tenían claro que en aquella recóndita costa, además del ruido sordo del agua, el único sonido que debía oírse era el de sus argumentos. Cada vez que intentaba refutar sus opiniones, llenas de agravios históricos, aprovechamientos económicos y desdenes castellanos, a coro aplastaban mi palabra y mi mensaje se quedaba tan ahogado como el silbido del viento entre los pinos.

Su dicción era experta sobre todo en analizar cómo España había ahogado, ahora y siempre, a Cataluña. El adjetivo ahogar, en aquella belleza del mar, me pareció inapropiado, y cuando la noche se fue acercando, creí llegado mi momento y les dije que después de dos horas de doctrina separatista, de sentirme como el cordero en el sacrificio, o el representante del malvado imperio, me había ganado poder hablar un poco, y que ellos me escucharan.

Me dieron permiso. Entonces les dije que Cataluña se había convertido en la fábrica de España en el XIX y que se benefició del mercado nacional frente a los aranceles de otros países, o que en 1935 Cataluña tenía casi una cuarta parte de toda la potencia eléctrica instalada en España, o que el franquismo dejó en Cataluña unas infraestructuras del transporte muy por encima de la media española. Por ejemplo que en cuanto a autopistas, en 1975, el 45,5% de los kilómetros disponibles estaba en Cataluña, a enorme distancia del 14,2% en el País Vasco.
También les di a conocer que en lo que respecta a la empresa pública el INI fue decisivo para el desarrollo de Cataluña por encima de otras regiones españolas. El hecho incuestionable de que el franquismo les pudo haber beneficiado les molestó mucho, y Pere, animado por la pareja de médicos, hacia ademanes de mandarme a tomar por c, pero les recordé que había sido alumno aplicado durante tres horas, y me había ganado que me escucharan quince minutos, y que pudiera usar de mi libertad como si fuese un esclavo recién liberado.

El viento pasaba ahora rápido por la cúspide de las peñas. La luminosidad del golfo se veía a lo lejos deslumbrando los ojos. El mar estaba maravilloso, anunciando una plenitud humana libertaria, respirando entre las piedras y la arena como un corazón que se amansa con el pulso de la noche. Era bello estar allí. Quizá el hecho de que hubiese una disputa, pacífica al cabo, aunque llena de doctrinas venenosas, restaba placer al instante.

Mi deseo era dejar el tema. Si no, llegaríamos incluso al estrambótico discurso de Puigdermont al parlamento, y eso ya habría sido demasiado. Pero ellos, inasequibles al desaliento en su apostolado antiespañol, seguían hurgando y generando un victimismo exclusivo del franquismo. No se cansaban de citar a Franco, como si aquellos años estuviesen aún a la vuelta de la esquina. Hube de decirles que toda España fue víctima, y que sería injusto que alguien se aplicase el monopolio del victimismo, y más cuando había sido beneficiado respecto a otros por la dictadura.

Después de oír aquello no se tiraron a mi cuello de milagro. La noche ya estaba siendo oscurísima, aunque el cielo era tan limpio que las estrellas parecían una multitud de farolas que se iban alejando. No lo hicieron, solo agrandaron el sermón hasta que pudo volver a ser mi momento. Entonces les di datos que en la noche mágica escucharon los pinos y los peces. Les dije que la gran fábrica de la Sociedad Española de Automóviles de Turismo (Seat) tenía unos 25.000 empleados en la Zona Franca de Barcelona, constituyendo la mayor concentración obrera de España.

También que hubo una intervención franquista en el sector eléctrico catalán que no se produjo en otras zonas de España, y que esto fue tan decisivo para asegurar la industrialización, que esas otras zonas se quedaron en la pobreza. Hoy al referirnos a ellas hablamos de la España vacía. Les comenté que en torno a una quinta parte del inmovilizado del INI correspondía a Cataluña en los albores de la transición, una cantidad muy por encima del resto de las regiones españolas. Y que de las tres refinerías de la Empresa Nacional de Petróleos, EMPETROL, una fue creada por el INI en Cataluña, la Empresa Nacional de Petróleos en Tarragona, EMTASA.

Podría haber usado más argumentos para demostrar que España había favorecido a Cataluña, convirtiéndola en la zona más atractiva, dinámica y con capacidad de flujos migratorios. No en vano en la segunda mitad de los años sesenta la migración significó un 75% del crecimiento total de la población catalana. Venían obreros fundamentalmente de Andalucía, Murcia y Extremadura. Pero no lo hice.

Con la noche ya tan oscura como un verso de San Juan de la Cruz, los separatistas me pidieron tregua. Una botella de vino y algunas viandas surgieron de su túper. Vino del Ampurdán, sardinas, salchichón y por supuesto pan con tomate y una tortilla española que tenía el perdón de su odio ancestral. Comimos como hermanos y cuando el vino hizo su efecto euforizante, su influjo sobre la amistad dormida, cantamos y reímos olvidándonos de las greñas que Puigdermont, Junqueras, la CUP, Jordi Sánchez, de la ANC, y Jordi Cuixart de Òmnium Cultural, querían que dominaran en la gran Cataluña.

Después Pere me llevó al hostal de la Escala en donde me alojaba. Apenas tenía sueño. El vino adormecía los recuerdos. Las palabras del debate en Aigua Xelida se iban olvidando. Como tenía el mar enfrente me salí al balcón para disfrutar de mi soledad y su belleza.

Y entonces, al fin, pude conocer el maestral. El viento del norte que, según Pla, deprime, adormece, encoge el cuerpo humano, produce protestas inteligibles. Cuenta en sus Escritos ampurdaneses que "la tramontana es un mal negocio, porque es destructiva, una fuerza cósmica superior a cualquier forma humana, una forma gratuita y negativa".

De todas formas también dice, en ese mismo libro, que le parece haber comprendido "la razón de la oscura, ancestral, admiración que la gente de mi país siente por este viento. Esta admiración persiste (...) porque el clima del aire de tramontana es literalmente un clima ideal –un clima tónico, vital, amable, prodigiosamente higiénico y purificado".

Pues bien, aquella noche tuve el privilegio de conocer el maestral. Como dije, estaba en el balcón del hostal, frente al mar. Veía los reflejos color plata de la luna creando espejos sobre las olas. Era una delicia para los ojos. El silencio de la playa sonaba como la voz ahogada de una sombra. El cielo, con la luna brillante como un volcán de luz, mostraba aún sus puntos de aguja luminosos. Las nebulosas eran pequeños ojos encendidos del espacio observando la tierra.

De pronto observé que desde el norte avanzaba una nube negra que poco a poco escondía la luz y hasta la mismísima luna. Y en unos pocos segundos, sin avisar, estalló el maestral en la noche. El mar se puso furioso y la tranquilidad fue vencida por sus rudos golpes sobre la arena. El vértigo del viento iba en aumento y enseguida se volvió impetuoso y violento. Los pinos apenas podían recibir su embestida y se doblaban entregándose a su fuerza, reverenciándolo, pidiendo piedad para no ser arrastrados.

El cielo se oscureció del todo. La luna cerró sus párpados dejando en el paisaje solo un recuerdo. No pude continuar en el balcón. Hube de meterme adentro de la habitación, cerrar las ventanas y mientras oía afuera los rugidos no recuerdo cuando pero me dormí. Al amanecer todavía tenía en el cuerpo la estampa de aquel mar, abatido por el maestral, el viento del norte, que vieron Pla y Hermós cubierto de espuma blanca y olas de agua turbia, bajo una luz lívida.

Al día siguiente me iría para Barcelona. Continuaba mi tarea notarial sobre lo que sienten las gentes dentro del volcán del separatismo. Pero antes de irme fotografié con el móvil, y envié a Pere, Joan y Anna, una página del artículo de Gaziel citado, para muchos el mejor periodista catalán del siglo XX.

En ella había subrayado lo siguiente: "¡Alerta, catalanes! No os dejéis llevar de los personalismo y los partidismos, tan tentadores y fáciles porque a cada uno de nosotros nos lo explican todo, sin acusarnos de nada. Desconfiad de las explicaciones tenebrosas y melodramáticas. La culpa capital, la causa suprema de nuestra desventura, se debe a nosotros, a los catalanes todos, a Cataluña en peso, y muy en especial a sus partidos políticos más representativos. ¡Esta es la única explicación satisfactoria y profunda! ¡Esta es la pura verdad!"

Después del temporal la mañana amaneció en La Escala con un cielo limpio, con una claridad de cristal. Su gran silencio flotaba en el viento. Crucé la calma ancestral de los olivos y seguí mi camino.


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