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Los silencios del rey

09/04/2003

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Si quedaba por oírse alguna voz en contra de la guerra –excepto el PP- era la del Rey. Y ya se ha oído, aunque sus labios quedaran sellados mientras sus manos aplaudían con esmero un poema pacifista de Gloria Fuertes. Dicen las crónicas que en el estrado sólo Piqué permaneció inmóvil, como una estatua que quisiera diluirse como sal en el estanque. En el auditorio, en el silencio de un espacio inmenso, sonó la poesía como una canción imposible y maravillosa. Manifestó el rapsoda que había que arrancar el gatillo de las armas, que había que hacer mucho y hablar poco y decir mucho contra la guerra y acabar pronto. Y el Rey, el personaje que la Constitución enmudece como una marioneta del gobierno, habló con las manos encendidas de paz, habló con los labios en posición de tristeza, con los ojos perdidos y me imagino que con el corazón exigiéndole gritar la misma frase que no cesa de gritar el 90% del país.

El Rey ha hablado y ha dicho lo mismo que su pueblo. Y aunque quizá su palabra en forma de aplauso, sirva lo mismo que los millones de estampas contra la guerra y los inmensos coros de la ciudad, al menos el gobierno, Aznar, tendrá ya la certeza de que está absolutamente solo en su aventura de misiles. Nadie, salvo su obcecación de figurante y su partido, le acompañan. Ya, ni siquiera los argumentos de sus voceros le resisten, pues la realidad está demostrando que las cien razones del director de este periódico contra la guerra pueden ser mil, o diez mil, o un millón. Quizá una razón por cada niño destrozado, por cada anciano herido, por cada familia sin hogar, por cada lector que no volverá a leer crónicas de Julio A. Parrado o ver las imágenes de José Couso.

Y así ahora, aquella foto de las Azores, tiene menos sentido todavía y Aznar está más solo, sobre todo, porque el hecho de que en su partido apenas surjan voces discrepantes deja al PP en la misma soledad que Aznar. Una soledad que será como una herida de guerra democrática que costará tiempo cicatrizar.

Si se observa la imagen del Rey aplaudiendo, se percibe que habita el bando de los pacíficos. Quizá porque el Rey, ahora silencioso, siempre está con la gente. Por eso este país sigue siendo más “juancarlista” que monárquico. Quizá percibe, que en estos momentos de divorcio democrático entre la soberanía popular y el gobierno, alguna institución del Estado tiene que decirnos que está con nosotros. Que no puede hablar, que sólo puede hacer gestos obvios y rotundos, pero que ha de saberse que está donde siempre. Que acabe ya esta guerra, joder.

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