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GERONA Y LA RETÓRICA IMPARABLE DEL ADOCTRINAMIENTO

06/09/2017

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BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (IV)

Más de una vez me he preguntado si Puigdemont tiene alma. Cuando digo alma me refiero a esa energía que envuelve lo humano para diferenciarlo, en algo más que la inteligencia, del instinto de los animales o el determinismo de las máquinas. Mientras me acercaba a Gerona (tenía que oler la brasa del vientre del volcán) en eso pensaba. Me preguntaba si, como los demás, Puigdemont dudaba, si se revolvía en la soledad, si caía preso de la zozobra íntima, si gritaba contra los dioses o en algún momento no sabía qué decir porque había llegado a la conclusión de que él no es, como nadie es, el rostro absoluto de una certeza. Al final, llegué a la conclusión de que no tiene alma, de que es un personaje sin sentimientos porque solo tiene un sentimiento, separarse de España. Lo veo como un robot de esos japoneses que desarrollan su aprendizaje con una eficacia pasmosa. Es el "antihamlet", una perfecta marioneta del guiñol, alguien que si escucha el consejo de Machado, diciéndonos que aprendamos a dudar, no tiene ni pajolera idea de qué le hablan, porque Machado no es catalán.


"Soy profundamente independentista". Lluís era un hombre bajito, de pelo rizado espeso, pronunciaba un castellano perfecto. Me dijo que había nacido en Gerona y que sus padres también, al igual que sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Además del sentimiento separatista, su padre le había legado una licencia de taxis. Me respondió con presteza y placer en cuanto le dije el motivo de mi visita a Gerona, adonde, le aclaré, no había llegado Pla en su libro, pero yo sí tenía que ir porque era el centro del volcán separatista.

Enseguida percibí que era el típico producto del adoctrinamiento televisivo. Oraciones principales, argumentos pasionales, superficie y uñas para tocar las cosas. Me dijo que quería la independencia de España porque los catalanes trabajaban catorce horas y el resto tres o cuatro. Esto no puede seguir así, me decía, y gesticulaba agrio soltando el volante y manoseando el aire. Comentó que había estado en primavera en Soria y se daba unos largos paseos por el río al atardecer, y que serenaba su espíritu de taxista aguerrido mirando los campos solitarios y el vuelo decidido de los pájaros en la lejanía. Aquí yo no puedo hacer eso, me decía con larga pena en su semblante.

Como me había dado confianza le aclaré que, aunque no tuviera los boscajes enfrente y el río caudaloso -en Gerona el Oñar anda más bien esquelético- en los tiempos de espera en el aeropuerto o la estación bien que podría dedicar un tiempo a la meditación. Fue entonces cuando se me quejó de la visita del Rey a Barcelona aunque hubiese sido para consolar a las víctimas del atentado. La monarquía cuesta mucho dinero, por eso soy republicano, me dijo mientras serpenteaba por las callejuelas estrechas de Gerona para llevarme al hotel.

Antes de bajarme le pregunté si acaso no consideraba, tal y como estaba el mundo, con el terrorismo siempre acechante, si no era mejor que nos agrupásemos en vez de dispersarnos. Me contestó que no, que lo de la independencia llevaba mucho tiempo y esto había pasado ahora. Tardé tiempo en engullir el argumento. Entré al hotel. Me dieron la habitación con diligencia y me subí a descansar. Después de un breve sueño abrí el mapa de Gerona en la cama y me hice la ruta. Como tenía que seleccionar me propuse visitar La Rambla, la plaza de Cataluña, el Ayuntamiento y la plaza de la Independencia. Si tenía tiempo también la catedral y, por supuesto, el Barrio Judío.

Llegué enseguida a La Rambla caminando por la ribera del río, a veces con mi sed de belleza desolada, donde los rastrojos y las malas yerbas habían sustituido a las aguas, y otras saciada, donde el sol podía posarse sobre el cauce casi negro que resaltaba su elegancia bajo las casas de colores. Cuando crucé el Pont de Pedra me vi enseguida enfrente de una suculenta librería que tenía una gigantesca estelada.

En la fachada había una mesa con un mantel rojo llena de libros que analizaban la independencia desde cualquier punto de vista, humano o extraterrestre, que pudiera imaginarse. La ocasión era única. Así que pasé, me presenté al encargado, le expliqué lo que deseaba y éste me recibió con placer y se dispuso a conversar conmigo. Su nombre, Joan.

Lo primero que me aclaró es que en la librería sólo había libros en catalán. Luego comenzó su perorata. Me dijo que cuando se aprobaran sus leyes habría dos legalidades y que la presión ciudadana sería la que conseguirá que la suya predominara sobre la española. Le comenté sobre la posibilidad de un porcentaje bajo de voto en el referéndum, y me dijo que, aunque votara solo un 29%, si ganaba el sí declararían la independencia. Puso como ejemplo el hecho de que en USA votan bajos porcentajes y con esos resultados se eligen presidentes.

Luego me expresó que ocurrirían dos hechos antes del 1 de octubre, algo que no podría parar ni el atentado terrorista: el empuje en las calles del pueblo catalán, que desbordaría el estatismo del Gobierno español, su absolutismo judicial, y el reconocimiento internacional de su República, que se realizaría por aclamación, ya que el mundo observaría a todo un pueblo clamando y no tendría más remedio que escuchar su llamada.

Con voz de oráculo invicto, me adelantó que el primer presidente sería Oriol Junqueras, un hombre muy inteligente (esa virtud la escuché bastante) y Anna Gabriel la vicepresidenta. Por un momento tuve la sensación de que al librero le había entrado un acceso de retórica imparable. A cualquier objeción que pudiera decirle me contestaba removiendo el trascendentalismo de la ocasión, su ensamblaje con la historia.

Con mi soledad castellana y mis notas en bruto, salí de la librería y me senté en un velador que estaba debajo de los arcos de la plaza de Cataluña. Ya no deseaba preguntar más. Había una calma hermosa en el ambiente que acompañaba a la belleza oscura del río y a la luz que despertaba el sol en las casas de colores. Al fondo, en el bar, se veía y oía un enorme televisor LG en el que debatían el inteligente Junqueras y Josep Borrell. La gente apenas prestaba atención. El ex ministro socialista devoraba a un Junqueras que se iba apagando poco a poco. Borrell enfrentaba a Junqueras con sus propias palabras.

"Dice usted que Cataluña tiene garantizada la pertenencia a la UE, pero la posición oficial de la Comisión es que se convertirá en un tercer Estado. Dice que Alemania limita el déficit fiscal de sus regiones al 4%, pero en ningún sitio de la legislación fiscal alemana hemos podido encontrar este límite. Se ha esforzado en crear un sentimiento de agravio con España, "¡nos roban 16.000 millones al año!", en cambio según la contabilidad que presenta el Dpto. de Economía que usted dirige respecto del año pasado la diferencia es de 2.400. ¿Se da cuenta de que tenemos un problema cuando una persona que tiene sus responsabilidades se dedica sistemáticamente a decir las cosas como no son?"

"Le diré otra cosa", continuaba Borrell implacable, "el otro día, para continuar creando este sentimiento de agravio dijo que el Gobierno español se financia en el BCE al 0,05% de interés y nos lo deja 16 veces más caro. El BCE tiene prohibido financiar a los gobiernos. Dijo que con la independencia tendríamos el mayor superávit público del mundo, y cuando el Sr. Mas-Colell presentó los presupuestos expresó que nos quedaría "un pequeño excedente" del orden de 2.400. Señor Junqueras, los argumentos que da de tipo cuantitativo para hacer que algunos crean que la independecia es positiva económicamente son simplemente falsos. Todo es una engañifa que no lleva a ningún lado, que hará mucho daño a Cataluña, que ya se lo está haciendo".

Me fui al hotel. Descansé, puse mis notas en limpio y al anochecer cené al lado de las escaleras de la catedral. Comí pa am tomàquet y croquetes. Después callejeé en la noche. Sentí el intimismo locuaz de las calles estrechas del Barrio Judío. Allí era imposible no sentirse vencido por el recogimiento y la paz de aquel silencio.

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