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UNA HISTORIA DE AMISTAD Y OLVIDO EN CADAQUÉS

05/09/2017

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BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (III)

Recorro Cadaqués, con la inmensa belleza de su bahía, con la soledad del mar del Ampurdán, como también lo recorrió Josep Pla, contándonos que la verdadera libertad nace cuando uno se desengancha de la historia, y en paz y armonía absorbe la mucha o poca belleza que le rodea. Dialogo con mi amigo Jordi, con su serial de agravios, con sus quejas por las autopistas de Madrid, del cerco de Barcelona por los castellanos, por la persecución franquista del catalán. La sombra de Castilla siempre ahogando el deseo de libertad de los catalanes, me insiste una y otra vez. Yo le replico, parafraseando a Emerson, que somos hermanos en la misma historia. Que, como dijo Ortega, a todos nos habita una patria mestiza. Hay tristeza. Me advierte que los lazos entre Cataluña y España están tirados en la cuneta del presente, destrozados como sogas pisadas en un camino que envuelve el barro. Aún así ambos nos quedamos con la sensación de que deberemos hablar más en el futuro.


"Tendremos que pasear por Barcelona", un día le dije a Jordi frente a un café con leche que impregnaba de un placentero olor el pequeño bar, y de una botella de Vichy Catalán que compartíamos. Acabábamos de comer y me había comentado las razones de su conversión paulina al separatismo, aunque tenía la sensación, según el fondo de sus palabras, que se conformaría con algún tipo de solución federal, pues su estación de partida ideológica estaba en el PSC y abrazó convencido aquella solución del federalismo asimétrico que apadrinó Pasqual Maragall.

De todas formas, mientras hablaba, sentía que cada vez estaba más lejos de esa propuesta. Sus frases cortas me abordaban en el silencio del pequeño restaurante de Cadaqués, situado en una de sus calles estrechas empinadas llenas de parras que rastrean la blancura de las fachadas de las casas.

Las autopistas de Cataluña pagan las autopistas de Madrid, me decía. España está actuando como hicieron hace doscientos años en Cuba, repetía durante la conversación, así como que había una fractura, una herida abierta que cada día se hacía más grande. Primero tendremos que conseguir la independencia, y luego habremos de entendernos con vosotros, los españoles, dictaminaba. Conozco a Jordi desde hace treinta años. Hasta hace poco hablábamos dos o tres veces cada semana. Él me enviaba sus poemas para conocer mis impresiones. Yo también los míos para conocer la suya.

Por eso le dije que tendríamos que volver a pasear por Barcelona, ir a Las Ramblas y confundirnos con la muchedumbre multirracial que rompe el miedo que quieren crear los terroristas, sentir el mismo anhelo de paz que tienen los viejos edificios del barrio antiguo, o los relucientes modernistas del Paseo de Gracia, y que veríamos en cada rostro de tantas nacionalidades, también españoles, por supuesto, un producto que la historia ha dejado en la acera del presente constituyéndolo con su mano de sombra.

Le decía a Jordi, una vez que había soltado la saliva de sus agravios y pugnas económicas, históricas, sentimentales, que la historia bulle en cada cuerpo, no sólo en el Ampurdán, y que por eso nos habita una patria mestiza (Ortega), que a todos, a él, a mí, incluso a los que tienen sus apellidos con la dulce sonoridad catalana, les habita una historia que se ha diluido en la sangre con todas sus contradicciones, sus verdades y sus mentiras, y se ha quedado estática en las piedras guardando su enigma. El presente y el futuro son una luz que nos hace avanzar y la historia siempre termina siendo un recuerdo confuso, le dije mientras el agua con gas chisporroteaba llena de vida en el vaso.

Él me insistía en el dolor de tantas guerras, en el asedio de Barcelona por los castellanos, el rapto de sus derechos históricos, la opresión franquista del catalán, la sombra de Castilla siempre ahogando el deseo de libertad de los catalanes, y mientras hablábamos en ese pequeño café escondido en una calle estrecha, veía que a su espalda, por una pequeña ventana, se percibía la inmensa belleza de la bahía de Cadaqués.

Su amplitud infinita y su belleza inerte querían entrar por ella y estallar a nuestro lado diciéndonos que las montañas y el cielo y los pinares tupidos y enigmáticos del Ampurdán, no eran de nadie, porque la belleza no es de nadie ya que nadie podrá nunca apresarla, categorizarla, definirla, plasmarla en ningún prospecto, ideología o catálogo de la realidad, aunque jamás dejarán de intentarlo.

Jordi me dijo que enseñaba historia porque la amaba, que en su casa llena de lejanas raíces catalanas la historia siempre estaba presente, que era un personaje sentado a la mesa como uno más, y que mientras el olor del tomate y el pan tostado satisfacía las ansias de felicidad de la lengua y el estómago, su padre satisfacía las ansias del espíritu hablándole de las viejas guerras que atormentaban a su tribu. Escuchaba y asentía. Me importaba más que hubiera una sintonía sentimental que ideológica.

A la vez tenía la sensación de que no sabía si sería capaz de explicarle algo que no había dejado de bullirme por dentro, desde el principio de sus palabras, la percepción profunda de que él en Cataluña, y yo en Castilla, ambos con toda la carga de nuestra memoria ardiendo por dentro, éramos las mismas víctimas de la misma maldad, del mismo dolor que como un ser en el tiempo de una vida injusta nos había rodeado en un mundo que escasas veces se ha sometido a la justicia.

Le dije a Jordi que éramos hermanos en la misma historia, porque al final, como decía Emerson, una vez pasado el tiempo solo existe la biografía. Por la forma de mirarme, supe que, cuando escuchó la palabra hermandad, algún mecanismo profundo de su memoria comenzó a romperse, y quizá liberarse de un ambiente en el que solo podía respirar el ansia de un separatismo irreductible.

Estuvimos hablando mucho tiempo. Como en toda conversación que merece la pena nos desnudamos quitándonos todos los disfraces. Yo me quité el ropaje de mis prejuicios con el deseo de identidad catalán, sobre todo cambié mi mirada desde fuera para ofrecerla desde dentro. Y también creo que él, por un momento, limpió el aire viciado y opresor que en su memoria envolvía a la palabra España.

Cuando finalizamos la comida le acompañé a la agencia de viajes en la que trabaja. Iba feliz porque me acercaba a la bahía de Cadaqués, y volvería a contemplar de cerca esa belleza vibrando en las piedras del acantilado lejano. Esa soledad del mar del Ampurdán, de Cataluña, de España, del mundo, que tiene la historia más maravillosa que envuelve al humano, como nos contó Pla recorriendo el litoral y sintiendo que la verdadera libertad, nace cuando uno se desengancha de la historia, de cualquier historia, y en paz y armonía absorbe la mucha o poca belleza que le rodea.

En este caso mucha, porque grande es la belleza de esta tierra de pueblos perdidos entre montañas y bosques, entre rocas grises que resaltan su blancura y su tipismo. Una belleza vestida con el maestral, feliz en su aire lejano, una belleza que cuando se mira parece no solo nacer de afuera sino también de los caminos del corazón. Eran las cinco de la tarde.

La lubina que había compartido era ya una luz en el recuerdo. Nos dimos un abrazo en la puerta de su oficina, y antes de entrar, con un gesto que contenía una disculpa, me dijo que los enlaces entre España y Cataluña ya se había roto, que estaban tirados en la cuneta del presente, destrozados como sogas pisadas en un camino que envuelve el barro. Es triste pero es así Manuel, me comentó antes de volver a su tarea diaria, mostrar a los viajeros la belleza de su amado Ampurdán.

Al darle el abrazo de despedida le retuve, y con mi voz en su oído, le susurré que aún quedaban muchos enlaces que nos unían, y que lo importante era que nadie se dedicara con la historia o con el presente, cada hora de cada día, a romperlos. Creo que me entendió y creo que le entendí.

Mientras me alejaba sentí, a pesar de su sinceridad y sus ansias de desconexión, que ambos nos habíamos quedado con la bella sensación de que deberíamos hablar más en el futuro.

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