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AIGUA XELIDA, LA PAZ DEL MAR EN UNA TARDE DE VERANO

04/09/2017

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BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (II)

Esto es un gran país, dijo Hermós en la taberna de Arquímedes, bien nutrido de vino blanco seco de La Escala. Cantaba con el patrón de bou Lill de Bagur. Pla lo observaba y pensaba en el alma de los habitantes primigenios del Ampurdán. Su individualismo, su carácter soñador, su manera de ser contemplativa y a menudo de una discreción exquisita. Al anochecer yo comentaba esos valores con Lucía, catalana de muchos apellidos, camarera del Hostal Ampurias, donde me alojaba. También le di noticia del balance de amor y desamor en mis preguntas por el Ampurdán. Entonces me dijo que tenía algo de España en el corazón que era imposible de enterrar y que, por eso, conforme avanzaba la estrategia separatista, cada día le dolía un poco más. Me llegaron adentro sus palabras. Detrás de su rostro, la luminosidad del mar me deslumbraba los ojos. Tenía el libro de Pla en las manos. Le leí un párrafo diciéndole que hay momentos en que el mar está tan maravilloso, tan agradable, tan unido a las formas de la plenitud humana, que todas las demás cosas parecen estrechas y ruines.


Primero ir al Puerto de La Escala. Más tarde, pasarme por Aigua Xelida y perderme por aquella cala que parece haberse quedado quieta en un bucle temporal. Después, sintiendo el olor de las hierbas del mediodía -romero, hinojo, espliego-, ir un rato a la playa y mezclarme con la gente mientras dejo que el vaho azul del mar se me meta por los poros. Escudriñar, interesarme, saber de primera mano lo que unos y otros sienten de este gran enredo del independentismo. No olvidar preguntar sobre si el atentado yihadista de Barcelona ha sembrado en el corazón de los separatistas la certeza de que juntos somos más fuertes. Darme una vuelta por Tamariu. Raptar unas horas a la siesta para seguir leyendo. Más de Agustí Calvet, que me tiene abducido. Algunos poemas de Joan Maragall que me despiertan la adolescencia. Hojear subrayados de las Crónicas del Ampurdán de Pere Juandò Arbois y algunas leyendas de Miquel Martín. Ese era mi plan.

Lo había escrito en la libreta que siempre me acompaña. Pero todo se fue al traste. Hube de rehacer la agenda porque, al llegar por la noche a la recepción del hostal de La Escala, había una nota escrita a mano por Gemma. A las 9.30 y después de desayunar, partiríamos hacia Saus, donde tenía una casa familiar. Gemma es delgada, alta, de semblante nórdico. La conocí en Bruselas, cuando la voz imberbe de España comenzaba a sonar por los pasillos de Europa. Nos hicimos grandes amigos. Sentimos la solidaridad de los que están fuera de su tierra.

Gemma había quedado sobre las 11 con algunos de los pocos habitantes, ocasionales, de Saus, todos separatistas menos ella. A la hora exacta allí estaba Gemma. Hacía tres años que no la veía. Nos dimos un abrazo y después de degustar un buen desayuno, en el que no faltó la tostada con aceite y vinagre, untada con un diente de ajo, nos fuimos hacia Saus. En el viaje recordamos momentos, inventamos otros, nos reímos mientras el aire luminoso del Ampurdán llenaba los cristales del coche de reflejos de plata.

Enseguida llegamos al pueblo. Era pequeño, bellísimo, color tierra clara, rodeado de altos árboles. Desde lejos lo primero que se veía era su iglesia en la que destacaba una torre alta militar. Ya en su cercanía algunos tractores varados y un almacén lleno de ladrillos nos dejaban claro cuáles eran sus oficios. Cuando llegamos a la casa de Gemma nos estaban esperando tres hombres y dos mujeres, todos entre los 30 y 50 años. Gemma me los presentó y luego ocupamos un sofá y varias sillas en torno a una mesa rugosa de madera. En su centro había una botella de vino y varios vasos, pan de la zona y un plato de embutidos catalanes -butifarra, lomo curado, secallona...-, y bien dispuestos, en torno a la mesa, pronto comenzamos la conversación.

Jaume, profesor de Historia, fue el primero en romper, nunca mejor dicho, el silencio. Era separatista por los cuatro costados. Como corolario a la exposición de los grandes rasgos de la historia catalana, del conde de Borrell a Companys, leyó una cita de Ortega que avisa sobre la lenta decadencia y descomposición de España desde 1580. Países Bajos, Milanesado, Nápoles, las provincias ultramarinas, América, Extremo Oriente y ahora la desintegración interna que comenzó a principios del siglo XX. Cataluña y País Vasco primero, después otras regiones.

Dolors, funcionaria municipal, aguerrida y concisa, fue menos intelectual. Desempolvó más pasión que razonamiento. Dijo que quería desentenderse de los españoles, que esa idea la había escuchado y sentido desde siempre en su familia. España era la mala de la película.

Pau fue cruel. Trabajaba en una boutique. Tenía las cejas depiladas. Era guapo (no quise decirle que se parecía a Cristiano Ronaldo), razón por la cual su crueldad quedaba más sádica. Dijo que no era español, que sólo se sentía catalán, desde niño, que la chulería del Gobierno español había conseguido que el diálogo ya fuese imposible y que ellos sólo aceptaban ya la República y la independencia.

Pere, comerciante, como Marco Polo, me habló de sus viajes por España. Dijo que afuera no se sentía cómodo, que la gente le miraba como a un extraño. "Nada de lo que vi lo sentí como mío", espetó al final. Los demás siguieron por esos derroteros, y referirlo es golpear sobre lo ya golpeado.

De todas formas, al terminar los monólogos, sonreímos juntos acariciados por el sopor del vino. No quise decirles, antes de irme, que me había sentido como en un aquelarre en el que yo era la pieza a sacrificar. Tampoco a alguno que Ortega no puede encerrarse en una frase. Acaso debería haber dicho a todos que propondría en mi reportaje al Gobierno un Erasmus nacional, para que después de tantos años de convivencia comenzáramos a conocernos.

En el viaje de regreso sólo pensé en que pronto vería Aigua Xelida. Pla la llama la quintaesencia de su país. Allí se retiró a vivir lejos del ruido su compañero Hermós. Cuando llegué lo primero que sentí en mis venas fue el hambre de vida de los campos, la grandeza de la luz, la paz del mar en una tarde de verano. Nos tumbamos en las piedras. Deseaba perderme en ensoñaciones en las que Pla y Hermós aparecían por allí asando sardinas. Pero había un matrimonio cerca, conocidos de Gemma, y no quise desaprovechar.

Habían nacido en Cataluña pero eran de padres manchegos. Independentistas a más no poder. Resumo su discurso escribiendo que a dúo dijeron que ya no iban a ver a la familia y que España no tiene futuro. Estaban convencidos de que por eso había que separarse, y que de esa manera incluso nos ayudarían a los españoles a reformarla y hacerla viable. Luego, en un esfuerzo de humildad, dijeron que Europa necesita al sur un país que funcione bien y ése es Cataluña, y que por esa razón aceptaría la independencia, porque frente a Grecia, Portugal y España, ellos serían el sostén de la buena gestión de Centroeuropa.

Después, cuando la política pasó al baúl de las sombras, reímos juntos, comimos juntos, nos bañamos juntos en aquella cala cuya belleza asombraba al propio mar.

Llegamos al anochecer al hostal. Gemma se marchó a Saus y yo subí a la habitación. En la cama estaba el libro de Pla tirado, abierto, como descansando. Comenzaron a caer algunas gotas de lluvia sobre el mar en calma y sobre los cristales que atrapaban la última luminosidad con esfuerzo. Estaba cansado del ajetreo del día, de tantas disputas o incomprensiones, agravios, soledades, mentiras, doctrinas venenosas, egoísmos de aquí y allá que enturbiaban cualquier posibilidad de que naciera la calma en el volcán o su llama se convirtiera pronto en ceniza.

Me tumbé en la cama sintiendo en mi cuerpo el frescor suave de las sábanas y en mis oídos el placentero golpeo de la lluvia en la ventana. Tomé el libro de Pla en mis manos y miré donde, por azar, se había abierto cuando lo lancé a la cama antes de irme. Escribí en mi pecho, en silencio, las palabras que llegaban a mis ojos. Decía Pla que en la tarde solitaria y lánguida, la incomprensión humana parece un hecho absolutamente inútil, inexplicable, gratuito, que al final todo se acaba por agotamiento físico.

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