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DE CALELLA A LA ESCALA, TANQUES POR EL LITORAL

03/09/2017

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BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (I)

El autor ha viajado por los caminos del Ampurdán siguiendo la senda por tierra que nos cuenta Josep Pla (Palafrugell, 1897-1981) en "Un viaje frustrado". También se ha acercado a los pueblos del Ampurdán profundo, donde el magma del volcán separatista todo lo impregna. Pla y Hermós, su sabio acompañante experto en el litoral, deseaban ir a Francia en plena Primera Guerra Mundial y, al llegar a la costa francesa, tuvieron que darse la vuelta. Pero antes recorrieron el litoral de la Costa Brava. Descansaron en calas, playas y pueblos degustando la sabrosa cocina ampurdanesa, la paz marina y la belleza de aquellos parajes creados por Dios en su momento más generoso. Un siglo después, la tierra bulle de discordia. Por allí, con la brújula de Pla, recoge lo que piensa, siente, dice la gente de este momento tan trascendental para el futuro de todos. Dice Malcolm Lowry, en "Bajo el volcán", que el paraíso y el infierno están unidos en la confusión de sueños y pesadillas que es la vida. El atentado yihadista de La Rambla lo demuestra.


La entrada a Palafrugell es una antítesis sombría de la belleza. Rastrojos felices, almacenes desordenados, gasolineras desiertas, el parque de bomberos escueto y silencioso esperando que grite socorro la tierra. Si la pluma de Pla volviera a esta senda de cipreses que me acerca a Calella, ni aun usando todo su talento podría arreglar el entuerto urbanístico creado por los voraces constructores y los alcaldes, independentistas o no, aunque por aquí los primeros son mayoría.

En algunas de las innumerables rotondas que cruzo, una estelada, enorme y victoriosa, reina como recordatorio de que algo grande está pasando. O de que va a pasar o incluso de que ya ha pasado, como dijo un librero de cabello gris y denso en Palafrugell. Le dije que estaba realizando un reportaje sobre lo que piensa la gente de la independencia en el Ampurdán y me respondió, con voz solemne de oráculo sedicioso, que la independencia ya había llegado al pueblo catalán pero que muchos todavía no lo sabían.

Al principio no entendí este mensaje. Pensé en el filme El sexto sentido. Pero luego pude comprobar que en muchos pequeños pueblos del profundo Ampurdán, e incluso en la misma Gerona, había desaparecido cualquier noticia, símbolo, recuerdo o sombra de España. Cualquier referencia percibida entraba dentro del catálogo de afrentas. El castellano había sido expulsado de la vida cotidiana de aquellos lugares. Muchas de las cartas de restaurantes que me ofrecieron estaban escritas en catalán e inglés.

Además, percibí que al conocer mi condición de periodista, y que iba a usar sus palabras, me mostraban felicidad por poder decirme las razones de su desapego -en algunos casos odio- a lo español. Muchos me dijeron por qué éste era el momento preciso. Me ofrecieron el argumento retorcido de que el Estado de las Autonomías les había dado músculo a ellos y debilidad a España.

Después de recorrer varios pueblos, tuve la sensación de que allí el tiempo se había quedado varado en sus plazas, que los relojes tenían instantes de piedra y el corazón de aquellos bellísimos pueblos perdidos en las montañas estaba lleno de un dolor profundo mohoso que les envolvía en el pasado. Tenía deseos de llegar a Calella y pegarme una ducha de mundo. Y el segundo día de mi viaje, al anochecer, allí estaba, en la playa del Canadell, donde Pla comenzó su periplo por la costa del Ampurdán.

La penumbra comenzaba a apoderarse del horizonte marino y un bello reflejo de luces y sombras caía encima de las decenas de pequeñas barcas que reposaban entre las olas. El espectáculo era digno de una contemplación reposada. Las barcas parecías seres del país del mar mirando la costa. Los humanos, frente a esa escena que al cabo tenía una honda calma de misterio, sólo podíamos quedarnos quietos mirando como estatuas agradecidas.

La playa del Canadell estaba llena de turistas, luces, veladores, tiendas de ropa, mercadillos, heladerías, restaurantes que ofrecían el plato español por excelencia, una paella seca, oscura y desordenada. Un ambiente festivo reinaba por doquier y creí el momento ideal para seguir mi tarea. Pasé a una tienda de camisas regentada por un italiano que llevaba treinta años en Calella.

Era independentista acérrimo, de los que exudan ira. Me dijo que se querían ir de España porque estaban hartos de mantener a los ociosos andaluces. Viendo las camisas hippies que vendía, a cinco euros, pensé que a pocos andaluces había él mantenido. Pero como había escuchado varias veces el infundio, no pude mantener mi perfil de observador, que era mi pretensión primera. Le dije que era más papista que el Papa para hacer olvidar su condición de extranjero. También que en todas partes cuecen habas y existe idéntico porcentaje de ociosos y diligentes.

Su compañera, bellísima y desordenada, una joven de Peralada llena de piercings que militaba en la CUP, me dijo, con una apatía extraña, que había que expulsar a los Borbones de Cataluña porque en el siglo XVIII (1714) habían asediado a Barcelona y habían despojado a los catalanes de todas sus identidades históricas. Insistió en que escribiera que no se sentía española porque estaba en contra del absolutismo monárquico, y abundó en su particular concepción geográfica de la península diciéndome que España representaba la frontera con África, y Cataluña la frontera con Europa.

Me quedé en silencio. No era cuestión de entrar a debatir argumentos tan primarios llenos de alcanfor, pero sí sentí lo fácil que era percibir en sus palabras años de adoctrinamiento y cultivo de agravios que por razones externas habían estado adormecidos y ahora explotaban con el magma de un volcán enfurecido. Me dio cierta pena el muro espeso de ausencia que envolvía a tierra tan bella.

Mientras salía de la tienda pensé en Agustí Calvet, Gaziel, y el libro que estaba leyendo, Tot s'ha perdut. Lo abrí y volví a leer un texto que había subrayado: "El camino que, para llegar a satisfacer legítimos anhelos de Cataluña, pasa por Madrid y el resto de España, por muchos kilómetros que tenga me parece infinitamente más corto, y sobre todo mucho menos peligroso para los catalanes, que el emprendido por el señor Maciá, dando la vuelta por Europa y América".

Recorrí muchas tiendas y escuché más opiniones en este sentido. Por supuesto contrarias a la independencia, un tercio más o menos. Pero me atrapaba el hambre y subí al restaurante del acantilado que parecía un faro gigante alumbrando la noche. Me senté. Pedí una ensalada y puse oído pues la mayoría de comensales eran catalanes. Cenaban varias familias. Observé una cuyos cinco miembros reían y mezclaban el castellano y el catalán. Comentaban que, cuando aparecieron los tanques del Ejército por el litoral, los independentistas montaron el número. "Estaban acojonaos, pensaron que ya se había producido la esperada invasión castellana", decía el padre. Me sorprendió el hecho que comentaban.

Así que, cuando se acercó el camarero, charnego de postín, le pregunté si la invasión tenía algo que ver con el terrorismo yihadista. El hombre se partió de risa y me dijo que sucedió antes del atentado de La Rambla, que el paso de los militares se produjo por unas maniobras de la OTAN. El Ejército español fue por allí para unirse a los franceses.

Luego me destapó su corazón, aunque indicándome que no escribiera su nombre. Decía que se le estaba dando demasiada importancia al asunto por todo lo que se monta en la Diada, en la que va gente de todo: "Al final, se van a levantar cuatro radicales catalanes, obsesionados con España", insistía. Son gente que no han salido de aquí y viven en estos pueblos, me dijo. Después, que la Guardia Civil debería cerrar los colegios.

Estaba ya a punto de irme cuando escuché a la mujer de la familia catalana: "Eso es lo que está buscando esta gente, un error así para llevar los agravios a su límite y que el pueblo estalle no aguantando un día más la supuesta opresión. Toda la que están liando es una trampa para que se produzca ese error del Gobierno español".

Intuí rápido a qué se refería. Y con sus palabras medio escritas en mi mente me marché para La Escala. Estaba loco por probar las mejores anchoas del mundo.

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