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El dedo en la herida

04/06/2003

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Siempre me he preguntado si la figura del Defensor del Pueblo no es más decorativa que eficaz. Si sus informes, sugerencias o reprimendas dialécticas, pocas, se quedan perdidas en las frías hemerotecas olvidadas. Si todo consiste en realizar una serie de declaraciones que ponen el dedo en la herida de una sociedad conformista y luego se queda todo en una regañina marital, que por persistente, apenas se escucha. No sé si la sociedad, los defendidos, hacemos oídos sordos a esas memorias llenas de lágrimas y lamentos, a tantos informes hechos con tinta de desdicha que tienen en sus vértebras una exacta radiografía de la injusticia concreta, cotidiana, increíble. En todo caso, lo obvio es que los supuestos defendidos, poco más que la queja podemos entregar. Somos la doncella ofendida o el entuerto irreparable. Bastante hacemos con poner nuestras esperanzas perdidas en algo que, aunque goce de las lejanías institucionales, tiene el sentido de ser un aliado en la desgracia.

Aquí, lo fundamental, es saber si las instituciones se creen esa figura clamante. Si sienten que cuando la cacicada impera, o la ineficacia se apodera de los pasillos burocráticos, existe una tronante voz de los acosados que los despierta de la abulia cotidiana. Si existe la metáfora de un vengador justiciero martillo de funcionarios holgazanes, ediles fabuladores o médicos que no ven una vida detrás de la caligrafía de las tristes recetas. Quiero decir sobre esto último, que ha sido feliz la eficacia que ha tenido el Tribunal Supremo en defender al pueblo condenando al SAS a indemnizar a una viuda por una muerte negligente. A veces, los tribunales –lentos, fríos, reglamentistas, opacos- son la única defensa que tiene el pueblo contra el designio caprichoso del poder institucional.

Por eso, ve uno el rostro grave y compungido de Chamizo, sus manos blandas mostrando las casi cinco mil quejas de los andaluces –creciendo cada año-, y se pregunta si todo no se queda en una volátil nota de prensa que recogió estadísticamente las piezas averiadas. Chamizo habla con cierta tristeza, como si contuviese en su rostro miles de rostros infelices. Como un Bautista sin ira muestra las quejas de ayer –justicia, sanidad, vivienda...-, y las quejas de ayer esperan pacientemente otro año para entrar en sus libros. Las palabras –Defensor del Pueblo- son tan altisonantes, que quizá no sea suficiente algún que otro lamento para que tengan sentido. Suenan a efectos especiales, a Senado, a Rey, a algo que sólo es imprescindible para decorar el escenario.

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